![]() Visiones de un visionario...
|
|||||
|
|
He visto cómo tu coleta se movía de un lado a otro como un péndulo. Luego la he cogido, te he atraído hacia mí y te he besado con fuerza, con pasión. Mis ojos se han perdido en la maraña morena de tu cabellera que me atrapa y no me deja. No es una coleta, es un ancla atada a mi pubis. Guardando el equilibrio entre los dos sexos, tu coleta sigue ahí mirándome... Pasada las doce de la noche, Miguel se metió en la cama y apagó la luz. La oscuridad se agarró a las paredes y los pensamientos se agolparon en su mente. Un tirón de sábanas y sus ojos quedaron completamente cubiertos por el suave algodón: oscuridad sobre oscuridad. La tensión no se iba, seguía allí con Miguel. El reloj marcaba ya las cuatro de la mañana y aún no había pegado ojo. En dos horas tendría que estar de pie y prepararse para ir al trabajo. Sin duda alguna la noche había sido larga y tormentosa: un infortunio pensó todavía despierto. La mesa estaba impoluta. La muchacha había hecho un buen trabajo. Paul respiró fuerte y sonrió. Desde pequeño aprendió a diferenciar entre lo que era agradable y lo que no. Nunca le gustó el olor de su abuela cuando la besaba, pero sí cuando cocinaba. Ésa era la diferencia. Quizá le subiera el sueldo a la chica. Ninguna otra había sacado brillo a los muebles de esa manera. Paul avanzó hasta la cocina, abrió la nevera y sacó una manzana verdosa que crujió entre los dientes. Siempre pensó que morder una manzana significaba caer en la tentación. Al igual que escuchar una buena canción o echar un buen polvo, esa fruta le sacudía el paladar de tal manera que en esos momentos todos sus pensamientos eran positivos y muy distantes de lo que serían en unos minutos, justo cuando el teléfono rompiera el ambiente idílico de la habitación. Auster se tragó la manzana y luego el cubo de basura engulló los restos. Unos se comen a otros, tanto como las últimas palabras que dijo su editor en el mejor restaurante de New Jersey el pasado martes - Paul, ¡coño! O publicas o tu prestigio se va a la mierda. Charlie ha sido mi editor desde hace casi veinte años. Ha soportado mis manías y las de mi hija. Nunca le gustó que me metiera en el mundo del cine – Eso está contaminado – Me había dicho mil veces, entonces, yo le cogía del brazo y le decía que por qué no hacer un guión. -¡Pura mierda! – me respondía invariablemente. Esas palabras que escuchó el escritor en el pijo restaurante de moda le turbaron hasta el punto de despedirle. El pobre Charlie no se lo esperaba. Habría esperado un cabreo fuerte pero eso era muy fuerte hasta para Paul. El teléfono comenzó a sonar en el salón. Paul salió de la cocina y descolgó el aparato. Al otro lado, un Charlie borracho le insultaba con palabras quejumbrosas y sin sentido. Auster colgó y maldijo el nombre de Charlie Pichmank una y otra vez. Se acercó al flamante equipo de música, escogió un disco de “The velvet underground” y la música comenzó a sonar, a salpicar las paredes del gran salón rodeado de pinturas de algún que otro gilipollas que su asistente se había encargado de comprar. Si supiera esa putita que sólo la quería a su lado por su buen par de melones se moriría. Ya se lo dijo muy claro aquella vez en la cocina cuando la sorprendió por la espalda y metió mano – Si quieres libertad absoluta, hazme caso en todo ¿vale?- Ella simplemente gimió y se dejó hacer. Desde entonces la casa estaba llena de mierdas: cuadros, esculturas y estúpidos muebles de diseño. ¿Para qué cojones quiero yo una silla que parece un trozo de madera? Siempre me han gustado las mecedoras clásicas de toda la vida. Igual también tendría que despedirla a ella. Mandar a todos a tomar por culo. Como le había dicho su amigo Lou Reed mientras reventaban sus narices con cocaína pura – Lo mejor es la renovación Paul, renovarse o morirse. Mira yo como mandé a la mierda a mi mujer y como estoy ahora. Como un chaval- Buenas palabras pensó Paul, muy buenas. La vida como escritor de Paul estaba extrañamente reñida por el azar. Nunca pensó en elaborar un método para organizar su escritura. Hoy por ejemplo era un día en el que igual escribiría o igual no. Su novelita “El país de las últimas cosas” surgió así. En el más tremendo caos que uno pueda imaginarse. Si le apetecía escribir esa día escribía, si no, pues no. Él odiaba a toda esa panda de escritores que en las entrevistas hablaban sobre cómo se obligaban a escribir todos los días de nueve de la mañana a seis. ¿Qué narices habían pensado esos tipejos? ¿Qué soy un puto funcionario? Si quisiera un horario así me hubiera dedicado a repartir cartas o vender pescado en el mercado. Yo escribo cuando escribo. Y el secreto es que lo hago por aburrimiento. Porque Charlie me aburría, mi hija me aburría, los derechos de autor me aburrían, las presentaciones me aburrían. ¿Y cuál es la mejor solución para vencer el aburrimiento? Escribir. Escribir y escribir. Tomar un folio en blanco y llenarlo de negro. Rodearlo de letras y darle un sentido. Entonces el aburrimiento se irá por donde vino. A la mierda. Entre la música y el gotelé que rallaba las paredes una idea se le vino a la cabeza. Se imaginó la historia de un tipo cocainómano, un antiguo mánager de un grupo de éxito que estaba tan mal que acababa por esnifar hasta las paredes. Humm- pensó – Eso es una gilipollez- La idea se evaporó como la manzana. Un buen baño vendría bien al escritor para que su cabeza se llenara de buenas cosas y no de tonterías. Se acordaba de Charlie en el restaurante sentado ante una copa de vino y casi llorando. Desesperado por su culpa. Jo-di-do. Publicar algo. ¡Publicar algo! ¡Prestigio! ¿Más prestigio? Se lo pasaba por los huevos ese prestigio. Si hasta en el cine tuvo éxito. Hasta su jodida hija lo tuvo. Auster llamó por el móvil a su asistenta y le pidió que preparara un buen baño lleno de burbujas. También le dijo que pusiera la tele dentro del baño con una película de la Disney. Definitivamente ese no era un buen día para escribir. Más bien era un día vacío como su cabeza. ¿Charlie? Ese tipejo estaba ya muy bien despedido pero desde luego que le iba a meter un gol en cuanto empezara con su nueva novela. Su cabeza se hundió en el fondo de la bañera y todo cambió: la percepción del sonido, la visión. Estaba en otro mundo. Un mundo jabonoso y diferente. Emergió moqueando y feliz. Limpió sus ojos con la mano y se incorporó para subir el volumen del televisor. –Maldito Charlie- pensó. Por mucho que su padre le había advertido cuando era pequeño que tuviera cuidado con los enchufes, Paul Auster a sus 54 años no lo tuvo y cayó fulminado cuando su mano empapada tocó el plástico del televisor. Un cuerpo desnudo y raquítico que desbordó la bañera llenando todo de agua. El esfínter aflojado y el agua teñida de vergüenza y de estupidez. Una mierda de muerte. Ridícula e impropia de un escritor como él. Lo raro de todo esto es que la puta cara de Charlie apareció cuando escupía el último trozo de vida. Y una risa atronaba sus oídos ya inertes. Era un cadáver. Inútil y lo que antes era todo ahora era nada. Auster ya sólo era un trozo de carne desnuda y con la polla encogida. Pasarían más de siete horas hasta que su asistente lo encontrara con la piel blanda y gelatinosa. El rostro hinchado como un huevo y la película de Disney repitiéndose una y otra vez en el televisor. Charlie llegó una hora más tarde. Las lágrimas bordeaban sus mejillas. No se atrevió a entrar al baño. Luego vino el enjambre de policías, el levantamiento del (estúpido) cadáver y la prensa. Las preguntas. Los especiales en la tele. Las portadas en la revistas. Los homenajes. Los documentales. El refrito de entrevistas. De reportajes de hace diez años. De su puta cara. PAUL AUSTER HA MUERTO – dirían los principales diarios y suplementos culturales del mundo. Increíble. ¿Lo peor de todo? Que si ser el Auster de carne y hueso fue difícil, ser su fantasma fue mucho peor. Cuando notó el calambrazo invadiendo su cuerpo. Auster sintió unos brazos que le rodeaban y lo llevaban a través del techo del baño. Un fuerte golpe de viento le sacó los ojos de las órbitas pero aún así podía ver incluso mejor que antes. Luego sus brazos se desprendieron y su cabeza se desprendió del tronco como un balón lleno de helio. Las piernas fueron las siguientes en desaparecer. Una canción de Pink Floyd sonaba por todos lados. Unos rápidos fogonazos del baño lleno de gente se aparecían. Pudo intuir su propia muerte y su cuerpo muerto en la bañera. Un fuerte golpe paró el ascenso y otra vez Auster estaba de una sola pieza: con sus brazos, piernas y cabeza. Su culo estaba sobre un sillón de cuero negro. Al fondo intuía una puerta por cuyas rendijas se podía ver una luz blanca y cegadora. Entonces su cuello giró involuntariamente hacia la derecha donde un tipo perfectamente ataviado le miraba. Era como mirar un espejo pero teniendo la certeza que el que te mira no eres tú si no un extraño. El individuo no quitaba ojo de Paul. Le miraba y sonreía. Dio media vuelta y cogió algo de una estantería que hace un rato no estaba allí. -¿Ves?- dijo Paul no podía hablar. La boca estaba sellada. Su cabeza asintió automáticamente. Era una pesadilla. Quería salir corriendo de allí pero eso era inconcebible allí. Era una marioneta. Su doble le acercó el libro que sujetaba con la mano a un palmo de su cara. Auster observó un gran titular que decía: EL MAESTRO AUSTER SE FUE. El periódico era The New York Times. ¿Estaba muerto? Pensó. Su cabeza asintió robóticamente. El tipo salió disparado hacia la puerta del fondo. La abrió y una luz potente envolvió la sala. La silla comenzó a cabalgar hacia esa luz y la música volvió. Ahora hacía frío y olía a humedad. Auster intentó estirar los brazos pero no podía. Chocaban con algo. La peste a podrido invadía el ataúd. Pudo escuchar lloros y lamentos más arriba. Gritó con fuerzas pero de su garganta sólo salieron ruidos de pájaros, de trompetas, de radios. Ninguna voz humana salió. Estaba atrapado pero sobre todo muerto. Acabado. Así que esa era la muerte. La nada. La plena consciencia. Era como estar vivo pero muerto. Atrapado en un caro ataúd. Siempre quiso que le incineraran. ¿Cambiaría en algo eso? ¿Sería un espectador de su desgracia? ¿Cuánto duraría esto?. Unos metros más arriba su hija depositaba un ramo de rosas blancas sobre la lápida. Pasaron diez años. Charlie iba de la mano de su mujer. Lloró y dejó una carta sobre la lápida. Pasaron cuarenta años y otro ataúd se colocó encima. Auster escuchó el ruido y sonrió. Pudo notar que ese ruido seco era Sophie, su hija. La llamó golpeando con los pies huesudos la madera pero nada pudo escuchar. Así estuvo un largo rato hasta que los golpes fueron correspondidos. Su hija había muerto ¿pero cuándo? ¿Cuánto tiempo había pasado? No era tan aburrido estar bajo tierra. Pudo pensar en muchas cosas. En aquel día. En la llamada de Charlie. En sus palabras. En su supuesto legado y sobre todo en su hija. Esa que ahora yacía muerta y viva como él. Golpeando su caja. Al final todo iba a ser una farsa. Un teatrillo donde los protagonistas son manejados por un director a su antojo. Pasaron los años y Paul Auster no pudo nunca comunicarse ni con su hija ni con nadie. Arriba todo seguía su curso. Debajo igual. Paul había descubierto todo un concierto de golpes de otros muertos hasta tal punto que el ambiente era ensordecedor pero no incómodo. Cientos de miles de golpes que clamaban por una respuesta o una última charla. El paso del tiempo acalló ese ruido y todo volvió a la tranquilidad. Entonces Auster pudo dormir y descansar. Porque como una vez le dijo su abuelo en su décimo tercer cumpleaños: todo tiene un principio y un fin. Y este era el fin. Hacia allá van los que se van, en un crujir de pasos sin eco. No volverán, jamás. En una espiral sin lógica, dónde no hay camino, nunca lo habrá. No volverán, se irán. MIradas de plástico, embotelladas en sentimientos de cristal. Corazones con cuerda, que laten a un mismo compás. Las almas crujen como el papel, al verlas pasar, al verlos venir. Amores pasajeros, rellenos de paja, que algún día explotarán - mañana, pasado - manchando de mentiras las falsas expectativas que un día se anclaron en sus pechos. Artificial, como mil soplos. En la cúspide, luminoso lugar. Trono dibujado por ciegos fieles que piden, claman y rezan. Supersticiones a cambio de favores, penitencias para variar el rumbo del azar. Crujidos de bancos de iglesia, de rodillas, relieve de cruces en las frentes, sudadas, golpeadas, alienadas... En lo más alto, en la cumbre, donde el omnipresente juega a ser dios, reflejo de la debilidad de los que miran arriba. Una imaginación que no cesa, una mentira, un refugio para esa fe... Negro invade la noche, por dentro y por fuera abismal. Polvos de estrella inacabados. Un elástico universo: brillo, fulgor e infinito. Desde otra tierra, otro cielo, otro océano, diferentes visiones, distintos soles, acomodados a la inmensidad espacial. De odiseas por el espacio... Y el viento cambió de dirección, y sopló en mi cara, la voló. Apareció en otra calle, en otro mundo. No duró ni un instante y ya no estaba perdido. Resbalé por las aceras, sin esperar, dejando la incertidumbre fuera. Un nuevo mundo bajo mis suelas. de vida, de actitud... Tumbada en un sofá. Con una camiseta roja pero sin bragas. Tocándome. Acariciando mi pecho. A mi lado él. Mirándome y creciendo poco a poco. En el centro ella. En pleno apogeo estalla de placer. Las sábanas están húmedas y el ambiente está empañado. Se puede respirar tres cuerpos que se filtran por los sentidos. Así durante horas. Un perfecto triángulo. El espejo había devuelto una imagen fidedigna de su cuerpo. Blanco y gordo. Los tiempo de baile volaron hace ya mucho tiempo. Truman apretaba su oronda tripa con las dos manos intentando hacer un falso efecto de marioneta. Puso una voz chirriante y dijo - Amigo, te has vuelto un adefesio, un alcohólico maricón- Capote dejó libre su estómago y alcanzó un peine de nácar. Enérgicamente lo pasó por su pelo todavía rubio pero ya ralo. Eso sí que no se lo iba a quitar nadie - pensó. Ni su pelo ni su veneno. Él estaría como una foca pero Marilyn estaba en el hoyo. Truman sonrió por primera vez en mucho tiempo. Su imagen desapareció del espejo. Paul Auster se lleva la mano a la boca y mastica un chicle de fresa. No sabe qué hacer ni de qué escribir. Son tantos los temas tocados ya que suena todo repetitivo. Sin quererlo pisa un charco y eso le enfurece. Sonríe porque la vista de su mansión le tranquiliza. Al fondo su criada Margaret repasa las ventanas. En el suelo está el periódico - más mierda y violencia - piensa. Lo toma y se dirige al garaje. Siete coches impecables lo saludan y le recuerdan que desde niño siempre quiso tener algún Ferrari. Auster los acaricia y con la otra mano se rasca la entrepierna. Suspira y desaparece por la puerta. Treinta mil napias sorbiendo cocaína adulterada. Mil billetes de veinte euros abultando el bolsillo del camello. Euforia y acidez en la mirada. Se cogieron de la mano y en fiestas tiñeron los espejos de blanco y alegremente llenaron sus cerebros de una falsa alegría que al día siguiente pagarían. Gentes vueltas del revés por dos gramos. Nuevos adictos. Tipos cool y chic que sin eso no tienen nada. Drogatas de fiestas, de meetings y de elegantes casas que contribuyen a su destrucción. Inestables, emocionales y renqueantes arrastran sus piernas al trabajo y siguen viviendo como si nada. Drogatas, los nuevos heroinómanos del siglo XXI. El rechinar de dientes de mi boca me sacó del ensimismamiento. Las manos pintadas de sangre y a mis pies un cuchillo de caza. Párpados abajo: nada. Párpados arriba: un cuerpo sin forma, mutilado, a juego con las cortinas rojas de la habitación que ya empezaba a mudar su olor. Sorbí con fuerza por la nariz y froté mis ojos con el dorso de la mano derecha. En a esquina una minicadena escupía una canción de Plastilina Mosh, "Pervert pop song". Sería bueno acompañar los azotes de guitarra con un par de anfetaminas. Abrí el cajón y encontré el tesoro. La ley de la gravedad soltó la droga en mi paladar. Las pupilas se dilataron, los músculos se contrajeron y yo sonreí mientras tarareaba la melodía -castígame, sé que me he portado mal...- me di cuenta que el cuerpo era de un chico. Era difícil dilucidarlo porque la sangre distorsionaba la realidad. Era feliz. Buena música, drogas y aquella sensación que sólo en un par de ocasiones anteriores había sentido. Era como ser dios. Ser el maldito salvador de la humanidad. Volaba y disfrutaba de haber elegido entre dejar vivir a un hombre o acabar con su juego en la vida. Elegí romperle el cuello y cortarle como el buen trozo de carne que fue. Hice lo que necesité y ahora la felicidad llenaba mis entrañas. Distraído por la música fijé mi ojo en la pantalla. Color blanco, parpadeante. Molesto. Las letras e imágenes inundaban la electrónica pero mi cerebro estaba desconectado de la realidad. Sólo la sutil melodía que disparaban los altavoces me sugerían que el mundo real estaba presente. Parpadeo. Parpadeo. La mesa desaparece y vuelve frente a mis ojos. Fueron dos minutos saltando entre lo que es verdad y lo que no. Al final lo primero me pudo y la cama me absorbió. Hace tiempo la tele de mi salón ya no es tele. Es parte del mueble. El mueble se la comió. La pegó a su madera y ahora ni la veo. Ahora cuando estoy enfrente sólo veo pared y madera, nada más. Llevo tiempo que no sé qué es la televisión. Lo más seguro es que mis ojos no la quieran ver porque hace unos meses me miraba y yo a ella...
|
||||
Blog creado con Blogia.
Blogia apoya: Fundación Josep Carreras