
Compañero de bolsillos, guanteras y bocas; te abrazas a mis dientes y no los sueltas hasta que pierdes toda tu frescura, todo tu sabor. Bailas entre mis encías una y otra vez: un vals cuando estoy tranquilo frente al ordenador, un twist cuando el estrés comienza a hacer su aparición. De visita al estanco o al puesto de la esquina te compro solo o aompañado en bonitos y llamativos envoltorios de dulzura y dolor de mandíbulas. A veces el egoísmo y la picardía gana y te pido, te tomo prestado, te robo... no me quieren dejar tu compañía adorada goma azucarada, pero da igual, al final te consigo y te uso hasta tu muerte... y acabas en una papelera, dentro de un papel arropado o al raso, o quizá terminas tu corta vida disecado bajo una mesa de un compañero, anónimo hasta que una mano te acaricie y sientas que vuelves a estar vivo, dulce chique, querido compadre de fatigas matutinas y nocturnas. Tú que tantas veces me has salvado ante un beso con un toque a cebolla, tantas veces que mataste la nicotina en mi boca o que me quitaste el hambre, amigo, tú que tantas veces acabas volando desde mi boca en forma de globo hasta la estratosfera del inicio de mi nariz te alabo y te doy las gracias...