
Tiene gracia que tu anillo de oro me acaricie una y otra vez. Esa alianza que una vez te unió con tu esposa hace ya algunos años. Me dan ganas de reír cuando tú, pequeño renacuajo intentas saltar una y otra vez para ver si llegas a tocarme, iluso, ¿no ves que nos separa tanto una distancia temporal como física? ¿acaso no crees que todo llega a su momento... impaciente... Manos de distintas edades, surcadas con diferentes tipos de arrugas, de diferentes lugares me manchan y desgastan, pero yo que siempre soy firme, recta y segura les doy cobijo y les protejo de la inestabilidad del conductor que tiene poca maña con el freno y con el acelerador. Que parece que no ha llevado nunca un coche y que lo único que le mueve para trabajar es hacer bailar bruscamente a sus pasajeros una y otra vez. Miro desde arriba y puedo oleros; el que sólo se duchó a base de desodorante, la que sólo se lavó con el perfume del día de la madre... veo calvas, matas de pelo que me hacen cosquillas, gorras y boinas de viejo, de experiencia.
Cuando me soltáis y váis a seguir con vuestro camino la impotencia me corroe. Veo como os alejáis y no puedo moverme, no puedo hacer nada. Sólo me queda mirar y mirar eternamente o hasta que el autobús duerma en la cochera. Os envidio... algún día cortaré vuestras manos con las muescas desgastadas de mi superficie... ya lo creo...