Mil tizas blancas sobre pizarras negras no serán capaz ni por asomo de hacerte entender y forjarte una idea de lo que es para tí este mundo que te rodea. Pueden existir profesores que por aburrimiento, desidia o pura profesionalidad te enseñen lo que es un río, un meandro o cuál es la capital de Kenia. Tus codos se desgastaron vanamente. Cuantos paseos de la silla a la palestra, cuanto enrojecimiento de tu rostro, cuantas respuestas que no supiste dar, cuantas envidias y odios a los compañeros bien avenidos. Un examen, mil o tresmil exámenes no pudieron nunca valorarte. ¿Un diez? ¿Un cero? Ahora entiendes que esos bailes de cifras nunca tuvieron sentido. Nadie debería haberte evaluado por rellenar el espacio en blanco que aquel hombre de barba y gastado traje gris preparó para tu ocasión y la de otros treinta soldados armados con lápiz y gomas de borrar.
De aquí a no hace mucho pienso que el sistema de enseñanza nacional (no conozco otros) es casi tan malo como pegar un tiro a una persona por la espalda. Lo más útil fue aprender a escribir y leer y a lo sumo "sumar" y restar; dividir... pues no divido mucho. Han pasado más de 24 años desde que esos tiempos volaron y esa es mi conclusión. Es triste, pero la pienso. ¿Escuelas? Sí, pero mejores. Arrastré mis pies a lo largo de dos años por la facultad de derechos y lo único que aprendí es el camino del metro al descascarillado edificio. Salas a rebosar, ruido de bolis, de hojas, algún cuchicheo y pasadas dos horas salías como habías entrado... Por favor, la lección ya me la estoy aprendiendo yo solo.