
El aroma del café andaba por el pasillo golpeando la puerta de mi cuarto. No fue el despertador lo que me despertó, fue él. Me lo imagino subiendo en la cafetera, calentándose, poniendo todo su empeño en adquirir la temperatura, sabor y olor justo para agradarme en el día de hoy. Imagino la tapa subiendo y bajando gracias al vigoroso vapor atrapado en ese cilindro. Mientras, yo estaba a medio dormir gracias a un par de rendijas que dejaban entrar unas líneas de luz que justo, me cruzaban la cara formando un aspa de sol entre mi nariz y mi boca. Los golpes en la puerta persistían y no tuve más remedio que abrirla. De lleno me dio en la cara y caminé a la cocina donde culminé la desfloración de mi despertar.