
Esa roca transparente y helada que se quedaba pegada a mi mano, no quería moverse. Ese pequeño iglú en el fondo del vaso que chocaba constantemente contra mi húmeda lengua, no quería derretirse, fundirse. La temperatura bajó por debajo de los cero grados y el milagro ocurrió: las gotas de agua se reencarnaron en hielo. Frío y duro hielo. Quizás haya llegado la hora de intentar romperlo, atacarlo, profanarlo. Si con mis dientes no logro tan objetivo, usaré las palabras, las caricias, mi sonrisa. Posaré mis ojos en los tuyos y haré una mueca que nos llevará a los besos, al calor, al agua.