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LA LEVEDAD (a Kundera)

El suspiro se alargó en su boca hasta la eternidad. No comprendió que el amor era tan ligero como una pluma. Si soplaba el aire de los cambios, se esfumaría, se iría a otra parte, lejos de él. Los zapatos hacían crujir las hojas secas del otoño en su camino por el parque. Eran las ocho de la mañana y sólo la triste niebla le hacía compañía. Iban los dos a la par. Envolviendo cada árbol, retorciéndose entre la desgastada madera de los bancos. Sólo el crujido sobre el pavimento hacía que cayera en la cuenta de que estaba vivo. De sentir su propia respiración y entrever su nariz durante cada segundo de ese reloj de arena que era su vida. Cada grano representaba sus acciones, sus amores, sus miedos, odios, sentimientos. Deseaba de alguna manera que ese transcurrir por aquel tiempo no definido fuera ligero, leve. No buscaba dejar ninguna huella. No pretendía inventar nada ni convencer a nadie. Simplemente andar, pasar por aquel camino que llaman “valle de lágrimas”, sin esperar esa gloria eterna de la que tanto hablan los religiosos. Anhelaba sentirse como un diente de león que tras un firme y fuerte soplido se alejaba desde el punto de origen hasta un punto que nadie conocía con exactitud.

 

Desde luego el peso de la levedad le atraía más que la pesada carga con la que disfrutaban muchas de las gentes que a veces tenía alrededor. ¿Acaso el buey de carga no preferiría lo mismo? ¿Es mejor volar o quedarse anclado al suelo? Elevaba su cabeza al cielo y los veía al fondo: ligeros, emplumados, libres, sin ataduras. La niebla le cogía de la mano y le obligaba a seguir inserto en sus pensamientos; pensamientos que sólo él conocía. Ni su mujer, amantes o hijos sabían lo que habitaba en el interior de su cabeza. De eso disfrutaba, de esa cárcel sin barrotes que guardaba en su interior y que de vez en cuando recorría mientras sonreía al kioskero o hablaba con un cliente. ¿Esa libertad? Era de él, de nadie más. Su único guardián, sin llaves, sin cerraduras, sin curiosos mirando a través de ellas. -Inquietantes pensamientos- se decía así mismo. Una gota le cayó en la coronilla y le resbaló por el cuello. Un escalofrío le recorrió la nuca. Los pelos se le erizaron y comprendió de nuevo que sólo quería vivir, disfrutar cada latido, desgracia y risas que le quedara. Quizás con ideales o no. Eso no le importaba. Igual la vida era más que todo eso. Realmente las ideas hacen al hombre, ¿o será al revés? Cuando hace 3 lustros su difunto padre pretendió explicarle lo que era vivir -que la vida se aprende a base de ostias-, su cerebro se comprimió en un pequeño agujero y ese intento de inculcar fue en vano, se transformó en un cero.

 

Este hombre que se arrastra tranquilo por el verde y amarillo del parque ha aprendido solo. Y lo que es más importante, nunca nadie le dio una lección. Si de algo tenía que aprender era de sí mismo. De sus errores y aciertos. Esa sí era una buena filosofía. Un hombre le saludó y como respuesta levantó las cejas en señal de saludo. Seguía siendo libre en su cabeza, leve, leve...

Martes, 20 de Noviembre de 2007 22:39 Autor: creaydestruye. #. Tema: CREACIONES.

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