![]() Visiones de un visionario...
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Desde luego el peso de la levedad le atraía más que la pesada carga con la que disfrutaban muchas de las gentes que a veces tenía alrededor. ¿Acaso el buey de carga no preferiría lo mismo? ¿Es mejor volar o quedarse anclado al suelo? Elevaba su cabeza al cielo y los veía al fondo: ligeros, emplumados, libres, sin ataduras. La niebla le cogía de la mano y le obligaba a seguir inserto en sus pensamientos; pensamientos que sólo él conocía. Ni su mujer, amantes o hijos sabían lo que habitaba en el interior de su cabeza. De eso disfrutaba, de esa cárcel sin barrotes que guardaba en su interior y que de vez en cuando recorría mientras sonreía al kioskero o hablaba con un cliente. ¿Esa libertad? Era de él, de nadie más. Su único guardián, sin llaves, sin cerraduras, sin curiosos mirando a través de ellas. -Inquietantes pensamientos- se decía así mismo. Una gota le cayó en la coronilla y le resbaló por el cuello. Un escalofrío le recorrió la nuca. Los pelos se le erizaron y comprendió de nuevo que sólo quería vivir, disfrutar cada latido, desgracia y risas que le quedara. Quizás con ideales o no. Eso no le importaba. Igual la vida era más que todo eso. Realmente las ideas hacen al hombre, ¿o será al revés? Cuando hace 3 lustros su difunto padre pretendió explicarle lo que era vivir -que la vida se aprende a base de ostias-, su cerebro se comprimió en un pequeño agujero y ese intento de inculcar fue en vano, se transformó en un cero. Este hombre que se arrastra tranquilo por el verde y amarillo del parque ha aprendido solo. Y lo que es más importante, nunca nadie le dio una lección. Si de algo tenía que aprender era de sí mismo. De sus errores y aciertos. Esa sí era una buena filosofía. Un hombre le saludó y como respuesta levantó las cejas en señal de saludo. Seguía siendo libre en su cabeza, leve, leve...
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