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Que se metieran los cordones en los charcos no importaba. Que una inmensa y helada gota te acariciara la nuca tampoco. Andaba por la calle Alcalá con música de fondo en mis orejas y esquivando a los repartidores del Qué, 20minutos y demás diarios mojados que se amontonaban en las manos de los repartidores tan calados como yo. Trastabilleando por culpa del suelo resbaladizo. Haciendo equilibrios en el paso de cebra y con los ojos entornados. El móvil me decía que eran ya las nueve. Justo a tiempo. La puerta me embullía y no había ya escapatoria. Fuera la lluvia seguía calando los periódicos, la gente y el asfalto.
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