-¿Excelentísima? ¿Puedo pasar?- preguntó el obispo Álvarez desde el quicio de la puerta. En su mano apretaba un misterioso paquete.
-Adelante, pase pase … no se demore. El tiempo es oro, ya lo dijo el Altísimo- contestó el Cardenal con esa voz fuerte y atronadora que hacía llorar a niños y mayores.
En medio segundo y con la baba colgando Álvarez depositaba el paquete de condones sobre la cara mesa de caoba repleta de crucifijos de oro, de marfil y hasta de titanio.
-Co-jo-nu-do Álvarez. Justo lo que me hacía falta. No vaya a pillar ladillas de alguna de esas fulanas. Jajaja…- se río abruptamente salpicando de salivas las gruesas gafas del obispo.
-Es un honor. Por el Mesías y sobre todo por su santa picha, reverendo padre.
-Gracias a ti hijo. Ahora reza por mi, reza …