![]() Visiones de un visionario...
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Se muestran los artículos pertenecientes al tema CREACIONES. MIradas de plástico, embotelladas en sentimientos de cristal. Corazones con cuerda, que laten a un mismo compás. Las almas crujen como el papel, al verlas pasar, al verlos venir. Amores pasajeros, rellenos de paja, que algún día explotarán - mañana, pasado - manchando de mentiras las falsas expectativas que un día se anclaron en sus pechos. Artificial, como mil soplos. En la cúspide, luminoso lugar. Trono dibujado por ciegos fieles que piden, claman y rezan. Supersticiones a cambio de favores, penitencias para variar el rumbo del azar. Crujidos de bancos de iglesia, de rodillas, relieve de cruces en las frentes, sudadas, golpeadas, alienadas... En lo más alto, en la cumbre, donde el omnipresente juega a ser dios, reflejo de la debilidad de los que miran arriba. Una imaginación que no cesa, una mentira, un refugio para esa fe... Negro invade la noche, por dentro y por fuera abismal. Polvos de estrella inacabados. Un elástico universo: brillo, fulgor e infinito. Desde otra tierra, otro cielo, otro océano, diferentes visiones, distintos soles, acomodados a la inmensidad espacial. De odiseas por el espacio... Y el viento cambió de dirección, y sopló en mi cara, la voló. Apareció en otra calle, en otro mundo. No duró ni un instante y ya no estaba perdido. Resbalé por las aceras, sin esperar, dejando la incertidumbre fuera. Un nuevo mundo bajo mis suelas. de vida, de actitud... Tumbada en un sofá. Con una camiseta roja pero sin bragas. Tocándome. Acariciando mi pecho. A mi lado él. Mirándome y creciendo poco a poco. En el centro ella. En pleno apogeo estalla de placer. Las sábanas están húmedas y el ambiente está empañado. Se puede respirar tres cuerpos que se filtran por los sentidos. Así durante horas. Un perfecto triángulo. El espejo había devuelto una imagen fidedigna de su cuerpo. Blanco y gordo. Los tiempo de baile volaron hace ya mucho tiempo. Truman apretaba su oronda tripa con las dos manos intentando hacer un falso efecto de marioneta. Puso una voz chirriante y dijo - Amigo, te has vuelto un adefesio, un alcohólico maricón- Capote dejó libre su estómago y alcanzó un peine de nácar. Enérgicamente lo pasó por su pelo todavía rubio pero ya ralo. Eso sí que no se lo iba a quitar nadie - pensó. Ni su pelo ni su veneno. Él estaría como una foca pero Marilyn estaba en el hoyo. Truman sonrió por primera vez en mucho tiempo. Su imagen desapareció del espejo. Paul Auster se lleva la mano a la boca y mastica un chicle de fresa. No sabe qué hacer ni de qué escribir. Son tantos los temas tocados ya que suena todo repetitivo. Sin quererlo pisa un charco y eso le enfurece. Sonríe porque la vista de su mansión le tranquiliza. Al fondo su criada Margaret repasa las ventanas. En el suelo está el periódico - más mierda y violencia - piensa. Lo toma y se dirige al garaje. Siete coches impecables lo saludan y le recuerdan que desde niño siempre quiso tener algún Ferrari. Auster los acaricia y con la otra mano se rasca la entrepierna. Suspira y desaparece por la puerta. Treinta mil napias sorbiendo cocaína adulterada. Mil billetes de veinte euros abultando el bolsillo del camello. Euforia y acidez en la mirada. Se cogieron de la mano y en fiestas tiñeron los espejos de blanco y alegremente llenaron sus cerebros de una falsa alegría que al día siguiente pagarían. Gentes vueltas del revés por dos gramos. Nuevos adictos. Tipos cool y chic que sin eso no tienen nada. Drogatas de fiestas, de meetings y de elegantes casas que contribuyen a su destrucción. Inestables, emocionales y renqueantes arrastran sus piernas al trabajo y siguen viviendo como si nada. Drogatas, los nuevos heroinómanos del siglo XXI. El rechinar de dientes de mi boca me sacó del ensimismamiento. Las manos pintadas de sangre y a mis pies un cuchillo de caza. Párpados abajo: nada. Párpados arriba: un cuerpo sin forma, mutilado, a juego con las cortinas rojas de la habitación que ya empezaba a mudar su olor. Sorbí con fuerza por la nariz y froté mis ojos con el dorso de la mano derecha. En a esquina una minicadena escupía una canción de Plastilina Mosh, "Pervert pop song". Sería bueno acompañar los azotes de guitarra con un par de anfetaminas. Abrí el cajón y encontré el tesoro. La ley de la gravedad soltó la droga en mi paladar. Las pupilas se dilataron, los músculos se contrajeron y yo sonreí mientras tarareaba la melodía -castígame, sé que me he portado mal...- me di cuenta que el cuerpo era de un chico. Era difícil dilucidarlo porque la sangre distorsionaba la realidad. Era feliz. Buena música, drogas y aquella sensación que sólo en un par de ocasiones anteriores había sentido. Era como ser dios. Ser el maldito salvador de la humanidad. Volaba y disfrutaba de haber elegido entre dejar vivir a un hombre o acabar con su juego en la vida. Elegí romperle el cuello y cortarle como el buen trozo de carne que fue. Hice lo que necesité y ahora la felicidad llenaba mis entrañas. Distraído por la música fijé mi ojo en la pantalla. Color blanco, parpadeante. Molesto. Las letras e imágenes inundaban la electrónica pero mi cerebro estaba desconectado de la realidad. Sólo la sutil melodía que disparaban los altavoces me sugerían que el mundo real estaba presente. Parpadeo. Parpadeo. La mesa desaparece y vuelve frente a mis ojos. Fueron dos minutos saltando entre lo que es verdad y lo que no. Al final lo primero me pudo y la cama me absorbió. Hace tiempo la tele de mi salón ya no es tele. Es parte del mueble. El mueble se la comió. La pegó a su madera y ahora ni la veo. Ahora cuando estoy enfrente sólo veo pared y madera, nada más. Llevo tiempo que no sé qué es la televisión. Lo más seguro es que mis ojos no la quieran ver porque hace unos meses me miraba y yo a ella... Era una habitación blanca. Con gotelé. Mal repartido. Algunas capas eran más gruesas en un lado que en otro formando formas perrunas a lo largo de la pared. Si uno se ponía a mirar fijamente podías ver un Yorkshire follándose un caniche marrón. En el centro de la pared un calendario de 1989 reinaba. Según la desgastada tinta era septiembre y el número 15 estaba marcado en rojo sangre. ¿Qué diablos había querido decir eso? Los perros seguían fornicando. Dos píldoras descansaban en mi mano. Dos colores: un resultado. Más perros y más gotelé creciendo frente a mis ojos. Habían pasado ya quince años pero la enfermedad había empeorado considerablemente. Lo que empezó como una extravagancia había terminado en locura. Según el médico, don Abelardo, el tiempo todo lo cura, pero eso es una patraña, una mentira para niños, y yo ya tengo cuarenta años y un muerto a mis espaldas. La cosa fue hace 10 años en un pueblo costero del sur de España. Yo por entonces tenía el pelo rubio y andaba repartiendo pollazos por toda la costa. De punta a punta. Me decían de coña el terror de las nenas. Pero nada de eso me llenaba. Follaba y follaba pero en mi cabeza tenía esas voces que me quitaban la respiración y el aliento hasta el punto que un día mis manos acabaron en el cuello del padre de mi amigo Miguel y una vida se esfumó ante mis narices. Luego vinieron los insultos, el juicio y la absolución por locura momentánea. De gigoló a loco. Ya me lo dijo una vez mi padre cuando me acompañana al colegio - Hijo mío, algo tienes que no me gusta. Si te quiero es por tu madre, no por ti... - Nunca se me olvidaron esas palabras que aún gotean por mis oídos. Pasé cinco años entre idos de la cabeza y pirados babeantes que se creían princesas o ricos famosos que lo único que hacían era masturbarse a la medianoche mientras yo intentaba pensar en porqué hice lo que hice. Porqué aquel 15 de septiembre maté al padre de mi mejor amigo... sin venir a cuento. Sin odios por miedo. Simplemente me agarré y no le solté hasta que noté su gran vacío. Ese vacío que usurpó mi cuerpo. Ese vacío que no se ha llenado ni con mi libertad, ni con las pastillas, ni con esa puta pintura de gotelé que me confunde y llena de furia. Un ruido me sacó de aquel vácuo ensoñamiento y noté que alguien más estaba en la habitación. Unos grandes zapatos delataban una enorme presencia masculina que se apoyaba en la puerta. Vestía bata blanca y me miraba fijamente. Los muertos venían por mí. Querían una respuesta a mi forma de ser. Un juicio quizás. Una sentencia. Darme mi merecido. Acercándose a mi oído el padre de Miguel comenzó una conversación que jamás recordaría. - ¿Te pasa algo?- susurró con voz acuosa. - Déjame en paz, tú no existes- contesté. Un guantazo me volvió a parte de la realidad. El tipo no estaba. Había desaparecido. En su lugar la enfermera. Gorda y con cara de zorra mirándome. Una inyección prolongaba su mano. Su fuertes manos me taparon la boca y el sueño vino. La locura desapareció de golpe. Todos fuimos felices. Era 1989 de nuevo y yo era normal. Ninguna vida había arrebatado y nadie me había juzgado. Hacía sol y todos nos reíamos. Un brazo se cruzaba alrededor de mi espalda y las carcajadas resonaban en mi mundo... Borré de un manotazo los restos de carboncillo que habían salpicado el folio que en dos minutos cambió de blanco a casi negro. Llevaba toda la noche intentando recrear en esa hoja tu cara, tu pelo y tus ovalados pechos que hace un mes toqué por última vez. Estábamos en tu piso y me recibiste con un camisón negro y una par de piernas que me lanzaban miradas lujuriosas... Arrugué el folio y cogí otro. La papelera estaba atascada como mi cabeza. Era complicado plasmar ese recuerdo con este lápiz marchito que no me obedecía. Simplemente hacía trazos de lo que fue y no es. Fatigado me levanté a la cocina a preparar un café bien fuerte. De nada sirvió. El folio seguía blanco. Nada creé. Sabía lo que quería en ese momento. Quería que la mano dejara de apretarle el brazo. Le empezaba a poner nervioso aquel gesto de su novia mientras veían aquella película de miedo que todos sus amigos había recomendado. Como poco habría cuarenta personas en la sala y en la pantalla una imagen sangrienta salpicaba mis ojos. No era más que otra película de adolescentes cachondos con ganas de follar y morir en cualquier esquina de la casa de la fraternidad omega alfa. Otra americanada de estos pensé. ¿Para cuándo una buena recomendación? Era miércoles, 23 de octubre de 1981 y habían visto cuatro películas de mierda en el último mes. El brazo seguía cortándome la circulación ahora que la protagonista había sido decapitada con un serrucho oxidado. ¡Bravo! ¿Qué será la próximo? ¿Engullir la sangre fresca de la más guapa de la universidad? ¿Matar a la rubia tonta en el garaje? Una cosa extraña es que la aguda música que precedía a los asesinatos me llevó a un recuerdo, y ese recuerdo entumeció mi mente. La apartó de la realidad durante treinta minutos. Hasta que las luces me devolvieron a este mundo... Tenía ocho años. Estaba en el patio trasero de la casa jugando con la arena. A la izquierda mi perro Bubbles perseguía a la gata de la vecina levantando una nube de polvo que mancharía la colada que impregnaba el ambiente de un olor primaveral que no correspondía con el frío. Los gritos sacudieron mi juego. Era mamá. Por la ventana pude ver a su novio sacudiéndola con el cinturón en toda la cara. Mi madre lloraba e imploraba que parara. Bubbles comenzó a ladrar y una lágrima salió violentamente de mi mejilla mezclándose con la tierra, haciéndose barro. Seguí jugando. Silbaba una canción que había oído en la peluquería donde todos los primeros de mes Arthur repasaba mi bonito pelo que todas las vecinas acariciaban haciéndome sentir especial, diferente. Un fuerte ruido me asustó y pude ver como mi madre salía por la puerta sangrando y con la cara descompuesta. Detrás estaba él sonriendo, empuñando una navaja llena de sangre. Mamá no podría hablar. Una línea roja marcaba su cuello y una patada la tumbó junto a mí. Su mano cogió la mía. Yo la apreté con una fuerza que no era propia de mi edad. Sé que murió porque su mano se puso blanda, como un chicle. Entonces me hice mayor de golpe. Noté esa violencia que me ha hecho vivir día tras día. Empuñé una azada que estaba apoyada en la pared y se la clavé en la espalda a ese cerdo. Entonces cayó y pataleó. Chirrió, gritó y cuando todo se calmó, murió. Eché a correr hacia dentro. Luego salí a la calle con las manos impregnadas de sangre. La vecina me vió y el recuerdo se desvaneció. La película había terminado y mi novia me besaba la mejilla. -¿Te ha gustado?- preguntó. -Mucho- dije. Salimos ordenadamente hacia la calle. El frío golpeó mi cara. Sonreí. Dardo. Un tipo duro. Afilado. Potente. Huidizo. Sales volando de entre mis dedos. Chocas con la pared. Caes al suelo y rebotas a mi mano. Diana. 50 puntos pero sigues siendo un puto dardo. De plástico con algo de metal, sí. Pero un mísero dardo. Sin vida y moviéndote a mi antojo. Cuando yo quiero. No cuando lo quieres tú. Triple doce. Bien. ¡Hurra! El mérito es mío. Puto dardo. ¿Crees que por ser de color rojo me das miedo? ¿Crees que por tener una punta me asusto? ¿Yo? ¿Quién te aprieta en este preciso instante? Vas muy mal. Fatal. Si lo quieres arreglar conmigo mejor que te vayas. Envuélvete de polvo y sueña oscuridad. Un día quebrarás pero yo seguiré de pie... Y era lunes. Y soñé que estaba sentado en un banco mirándote por primera vez. Lejana y vestida con unos vaqueros que marcaban tus suaves formas. Onduleaban mis ojos por aquella espalda que dejaba adivinar cuatro lunares que nunca se despegarían de ti. Y un rayo de luz me sacudía el párpado pero tú no desaparecías. En medio de un halo de luz brotaban tus bonitos pies y dibujaban tu silueta. Un dulce contraluz de aquel día en que superé lo insuperable. Ese lunes donde las sábanas de la cama me acariciaban y mecían alargando ese sueño que poquito a poco me llevó a pensar que quizá podría despertar y ver que todo estaba superado... Esta mañana temprano desayuné: café con rosquillas. Una ducha tibia y un buen afeitado me ha traído al trabajo, entre el asfalto y las ruedas de los coches que no dejan de asediarme. Un par de miradas de la policía municipal me han advertido que la velocidad no gusta en la ciudad; disminuí las pedaladas, dejé que el aire secara el sudor de mi frente y me dediqué a mirar a la gente que adelantaba con torpes movimientos de manillar... unos miraban, otros encendían sus caras -¡Hay que tener cuatro ojos con vosotros- carraspeó una señora a la que pasé rozando. Sé que es incómodo el ir en bicicleta en este Madrid tan gris que quizá hoy haya tomado un poco de color dorado. Llegé a la oficina y aparqué las dos ruedas. Un guardián vegetal la cuida y mima hasta las dos. Sentado y mirando el ordenador. Los oídos abiertos y escuchando "Ingrata" a todo trapo. Los dedos tamborilean y una sonrisa aparece en mi cara. El ritmo se acelera, el corazón late con fuerza. He dejado el sueño para más tarde. Mejor será que me busque a mi, que me olvide un rato porque ahora no existo para él. Veo las sábanas limpias, huelen a suavizante y la música sigue. Sonrío otra vez. Ahora más ligero. Quizá porque la segunda canción no me gusta tanto y me dan ganas de buscar otra en Itunes. Perderme en alguna mierda comercial que me saque de este ensimismamiento que acaba de atrapar. Parando de escuchar. Más atento a los pensamientos. Mejor será dormir y apagar el ordenador. Mañana es viernes y el fin de la semana da paso al inicio de otra. La música se para y meto mi cuerpo entre la funda nórdica. Poco a poco se caliente. Empieza por los pies, repta a la cintura y me abraza la cabeza. Se va la luz y se acaba el día. La música sigue en mi cabeza. Me he bajado del coche y un rayo de sol me ha dado en todo el ojo. Otro día hubiera maldecido a los cuatro vientos por esa violación de mi intimidad ojal.... pero hoy no. No tengo frío. Mis piernas están calientes y esta luz me da energía. ¿Habré caído en los rollos místicos? Una pierna sigue a la otra y el sol me sigue dibujando una sombra grotesca en la pared pintada de ladrillo rojo. Paso al edificio y la sombra se queda triste y sola en el umbral de la puerta. Veinte pasos más y el jardín me devuelve ese rojo platino que impone una iluminación dura a las vegetaciones que adornan lo que miro y respiro. Hace sol. Es otro día más pero con sol. Algo de calor. Pelín de frío. Entro en las penumbras y las luces artificiales escupen su plasticidad contra mi coronilla. El ascensor me engulle y todo desaparece... A más de una o uno le pasará por la cabeza la pregunta de si es feliz o si por otro lado, está conforme con lo que tiene. Esa conformidad puede ser traducida en un potente coche, una gran casa, dos orgasmos potentes a la semana o un trabajo. Conformes que pasean sus ideas por la calle y que se cruzan sin hablar. Estoy más que seguro que es un pensamiento que te asalta cada dos por tres. Creo que es inevitable hacerse esas cuestiones que te hacen analizar tu situación en ese preciso momento que empiezas a darle vueltas. Inconformidades pasajeras o eternas... quieres ser ese futbolista, aquel directivo con ese Audio o aquella chica delgada que te mira desde la valla publicitaria mientras te calas. A veces llegas a ese punto pero la mayoría te quedas ahí; en tu felicidad. Esa que te creas a tu imagen y semejanza para poder estar en este mundo tranquilo y sin ninguna prisa por llegar a más. Ciegas leyes se apoyan en falsas normas, que desplazan mi confianza a otro estadio. La marean, la desparraman por el suelo, sin mas. Injustas palabras y respuestas titubeantes. Uno piensa que lo da todo pero es mentira, siempre hay que dar más. Actuar, ser, poder, crear. Los buenos pagan y los malos ensanchan sus sonrisas, afilan sus dientes y los clavan en mi ego ya muerto. Y a eso de las cinco y media de la mañana el sueño se esfumó. Ni la sábana ni la almohada sirvieron de mucho. La calma terminó y la ola de obsesiones llegó a mí. El insomnio había robado mi cabeza y quién dormía ahora en la inútil cama no era yo, sino un reflejo de aquellos sueños interminables que miraban la realidad con ojos de niño. Navegar durante horas por el puro desvelamiento sale caro y además atosiga. Recuerdo los días en los que dormir era bueno, bonito y barato. La mano se estiró y la oscuridad pintó las paredes y mi pijama. Trescientas mil ovejas a salto contadas no consiguieron nada. El ruido del despertador las ahuyentó y ahora las legañas ahondan en mi mirada. Y estaba dios escuchando "Hands" de The Raconteurs y se se olvidó cogerse una cerveza de la nevera. Y todo abajo era un puto caos, pensaba el altísimo mientras la música inundaba sus celestiales orejas. Tiró un lapo a la isla de White y setentamil metros más abajo el líquido elemento atravesó la casa de un corrupto hijo de perra, un especulador que había emigrado a este islote perdido de la mano del que está arriba, observando. Pongamos nombre a este individuo, Tom Mirror, vistámosle con un buen traje y un bastón con la cabeza de un terrier plateado en la jodida punta. Es todo un lord aunque la baba onminopotente ha reventado todo su archivo de cuentas. Se caga en Dios a la manera británica, muy cortésmente. Dosmil nubes más arriba dios se está dando tal rascada de huevos que los truenos crepitan desde sus calzoncillos. Mr. Mirror saca su elegante Blackberry y llama a su asesor fiscal -¡Oye Mike!- grita -¿Si- responde Mike abotonándose la camisa en el frío Edimburgo. -Algo raro ha caído del cielo; algo viscoso que ha destruído las cuentas- aclara Tom limpiándose la manga de rezume. -¿Te has fijado si huele a baba?- grita Mike. - Desde luego que huele, ¡que hijo de puta habrá hecho esto!- contesta Tom agitado. El meneo de paquete sigue arriba pero algo capta el señor. Alguien le maldice allí abajo. Saca su gps y localiza el punto exacto. ¡La isla de White!. ¡Hijos de la grandísima puta!- brama encolerizado. Corriendo se va a sus aposentos empujando a tres o cuatro ángeles amariconados que pasaban por allí. Raudo abre su cajón especial y saca un buen fajo de billetes. Cierra el cajón con el culo y vuelve al punto inicial. Afina el oído y se percata que un tal Tom Mirror le está poniendo fino. ¿Mirror?, hummm- piensa. Me suena este tipo- recapacita- Humm... le joderé- habla para sí mismo dios. Mete su mano en el bolsillo derecho y saca el fajo de billetes que cogió hace unos instantes. Los cuenta y los lanza al vecino de Tom, Liam McArthur, famoso especulador y enemigo acérrimo del señor Mirror. Liam está obsoleto leyendo The Sun mientras vacía sorbito a sorbito un té humeante. Un silbido ululante hace que gire el cuello con dirección a la ventana. Un estruendo irrumpe en la habitación llenándolo todo de dinero y de cristales. El té reposa en los cojones de Liam pero éste tiene la boca abierta. La alfombra está cubierta de verdes. -¡Dinero!- exclama a los cuatro vientos. Santiguándose da gracias a dios mirando hacia arriba. En la otra punta muchos metros por encima dios se ríe a carcajadas. En el fondo él sabe que acaba de comenzar algo imparable en la tierra. Mañana todos los periódicos escribirán la palabra crisis en mayúsculas. Mirror perderá todo su dinero y McArthur se enriquecerá sin saber que estará perjudicando a otro tercero. Ese tercero saldrá perdiendo, pero habrá un cuarto y un quinto que ganarán. Todo se desequilibrará y saltará por los aires en Washington un buen día. La música sigue sonando mezclada con las diabólicas carcajadas del señor de los cielos... amén. He tirado la ceniza de mi cigarro sobre la gente que pasa bajo mi ventana. Calvas y montones de pelo que se balancean de lado a lado. Cabrones. Al trabajo, al hospital, a follar, a malgastar su tiempo. Más de uno mira hacia arriba pero paso desapercibido, ni me ven. Estiro la mano derecha y sacudo las motas de polvo que enturbian el cristal. Oigo un hola grave y veo a mi vecino con otro pitillo en su mano mirando lo que miro yo. Parece una calco mío pero más gordo y viejo. ¿Será que él me ve igual? Espero que no. Puto gordo pedorro y desgraciado. Me estoy dando cuenta que el kioskero no ha abierto aún y que el estanco sigue cerrado. ya hace tres meses que mataron al dueño durante un atraco. Me caía bien. Era educado y además tenía mucho tabaco. ¿Para qué más? Tendré que meterme en ese apestoso bar justo de la esquina, aquel donde sales con olor a fritanga y a jodido rancio. El vecino me vuelve a saludar y yo me pierdo en la oscuridad de mi casa. Amañados y entrevesados. Ni finalistas ni ganadores sin engrosados currículums. ¿Por qué no un desconocido? ¿Por qué no un principiante? ¿Acaso venderá mucho menos un nombre sin valor, sin novelas ni ensayos? Cribas al tuntún... -¡Ya tenemos ganador!- dijo un miembro del jurado. -¿Quién?-pregunto el de su derecha. - ¡Mi primo! Que es amigo de Javier Marías. - No se hable más- añade un tercero. ¡¡Adjudicado!- claman a los cielos mientras lanzan a la basura el resto de los ejemplares. Y entonces los suplementos culturales y los programas moderno/casposos nos meten su nombre hasta en la sopa, y claro, los más borregos lo compran, lo regalan, lo piden prestado. Y las edición llega ya a la trigésimo cuarta. Y el autor se ríe en un asador con sus colegas del jurado. -¡Invito yo que os lo debo cabrones!- Como dicen por ahí: un cuento chino. Y vi al señor Vidal. Llevaba una máquina de escribir colgando del cuello y sus manos no paraban de teclear. Los folios iban cayendo al suelo mientras un asistente los recogía en una carpeta. El manos libres en la oreja izquierda. Dos agentes literarios a cada lado y un trolley lleno de libros. Vi su transmisor colgado de su muñeca derecha y escuché la Cope. Vidal, ¡qué guapo ibas por la Castellana!. Pude ver que sus asistente terminaba de encuadernar uno de los libros. Las teclas seguían su baile frenético... y ocurrió el milagro... llegaron a El Corte Inglés y un trailer descargó toneladas de libros de mi César. Millones de ellos sobre la sección de papelería y los chaquetas rojas del centro comercial. Creí ver al Sr. Vidal sonriendo y desapareciendo entre un estallido de humo. El otro día vi a Ray Loriga. El tío tenía estilo. Su tatuaje en el brazo iba alumbrando la calle Preciados. Todo el mundo hacía una genuflexión cuando Ray pasaba a través de los escaparates. Vi que sus pies no tocaban el suelo; que levitaba, como un dios. Azabaches en los ojos, vaqueros ceñidos y andar reseñado por el New York Times. Loriga, Loriga, Loriga, cantaban los fieles de una iglesia cercana. Vi como aquel indigente recibía un ejemplar de "La pistola de mi hermano" en vez de dos euros. Y entonces ocurrió el milagro. Ray voló hacia lo alto de la torre de la Fnac y allí explotó en una gran supernova desperdigando miles de ejemplares de "Manhattan". El otro día vi por última vez a Ray Loriga y ahora lloro su pérdida... El sonido de la puerta chirriando me despertó. ¡Blam!. Se cayó el móvil al suelo y el infarto empezó su misión: matarme. La culpa fue de mis ansias inabarcables de comer y del tabaco. Treinta cigarros al día; diez solomillos a la semana. Nada de ejercicio. Gordo, gordo, gordo. El médico me había dicho una y otra vez - Alfonso, vas por mal camino. Come algo de verdura, camina, pasea...- ¡Qué folle también- no te jode- pensaba cada vez que escuchaba la misma canción una y otra vez. Si de pequeño me decían el alambres. -¡Pero que niño más esquelético tienes- decían las vecinas a mi madre. -¡No tiene ni sombra- clamaban al coro... entonces mi madre comprendió que para ser un chico hermoso tenía que comer bien. No tres comidas al día, sino seis o siete. Así llegué a esto. A esta cama. Esta soledad y este dolor que me hace temblar de dolor. No me sale ningún grito y siento que la vida se abre paso de entre mis dientes. Pienso en cuando tení adiez años y mi abuelo me paseaba por la Plaza Mayor, despreocupado, haciendo millones de preguntas sin sentido. Feliz. Estúpidamente contento y joven. Él también acabó sus días solo en su casa de viudo. El corazón le explotó literalmente en el pecho y se fue a pasear él solo. Sin mí. ¿Acaso será así la muerte? Tienes la respiración entrecortada y helada por el frío. El cuerpo yace bajo tus pies y piensas en patearlo. Diez años atrás él hubiera hecho lo mismo. Te fijas en que lleva unos Levis y le encajas tal patada que la cabeza tiembla contra el suelo. Gritas mientras la lluvia transforma tu pelo en una masa sin forma. Vacías un escupitajo en su espalda y lo pisas, lo mueles a golpes. Él ni protesta. Lleva muerto tres minutos. Hace poco respiraba y suplicaba que lo dejaras vivir. No te jode... No olvidas como te humilló y torturó en aquel garaje de la sierra. No perdonaste. No. Un solo golpe bastó para lanzarle contra el pavimento y dejarle ahí como un sucio animal. Se lo merecía. Tú escapaste. Corriste con dos brazos rotos y sin dientes por aquel bosque. Llegaste a la carretera llorando y gritando. Alguien te recogió y ahora estás aquí, riendo y quebrando esos huesos que una vez descargaron su ira contra ti. ¿Me vas a tocar ahora hijo de puta?... Ni de coña. Eres cadáver. Yo respiro, tú no. Yo miro, tú estás cegado. Pienso y tú no eres nada. No vi tu alma abandonarte. No tienes. Coges la pala de nuevo y la estrellas contra su mejilla. La sangre te salpica dejando una pincelada en tus labios. La violencia es frenética pero te gusta. Paras y te largas corriendo lejos de allí. Hubo una vez un dominó tan largo que no conoció última ficha alguna. De mentes perversas - dijeron- De algún loco-quizá. Por los recovecos de aquella atormentada alma llegué a vislumbrar a una persona, alguien. Tenía una cabeza, dos manos y dos piernas que se apoyaban en un sofá arrugado que conoció tiempos mejores. Yo podía verle ahí sentado, él a mí no. Imposible. Ya pensó en hacerlo hace cinco años cuando la desgracia empezó a formar parte de su camino. A cada paso que daba ésta se le agarraba fuerte y nunca llegó a soltarle. Ya sujetó el cañón, ya vació las pastillas, ya desanudó el fuerte nudo que sujetaría el último halo de su existencia. Fijaba mis ojos en los suyos ya inertes y pensaba en lo último que habría pensado aquel suicida. Igual dejó entrever que su vida era una mierda. Nada más importante que otra cosa. Una respiración seguida de otra y así hasta el final. Ya sea por orden de la propia voluntad, del azar o de la propia naturaleza. La nariz muda. La boca agrietada como el viejo curtido. Doce horas solo. Muerto. Desdichado. Desgraciado. Trágico final para unos, eterno descanso para otros. Él intentó vivir su vida. No molestó ni quiso ser molestado. Lo último que pensó fue en aquel perro que una vez le mordió hace treinta años en el pueblo de sus padres, tierra amarilla y seca con olor a ganado y leña. ¿Por qué ese perro? ¿Por qué? Ya fue demasiado tarde para intentar reflexionar sobre aquel pensamiento que se largaba muy lejos. Murió. Se mató y todo terminó. ¿El resultado? Una figura quieta que parecía formar parte del mobiliario. Adaptada y camuflada hasta que la vi en la mañana. ¿Pena? Ni eso pude sentir. Más bien curiosidad al tener la muerte dándome de bruces en la cara. ¿Impresionaba? Tampoco. Daba la sensación de estar enfrentado a todas aquellas preguntas raras que todos nos hacemos alguna vez. Preguntas sin respuestas lógicas. Un tremendo puzzle que no terminas de armar. Siempre falta una pieza. Algo no encaja. Así me sentí yo mientras llamaba a los servicios funerarios. Como al frente de una aventura donde el caballero errante era yo. Una voz habló y yo contesté; veinte minutos y el salón quedaría vació. Yo volvería a la calle, a la casa de donde soy. Abriría el cajón de la cocina, cogería un abridor y tomaría una cerveza mirando los retratos que cuelgan de la pared. Preguntándome más cosas. Esquivando toda lógica y llegando a la conclusión de que no hay ninguna conclusión. ¿Dos caminos diferentes? ¿Dos amigos tan distintos? Alguna vez intuí que acabaría mal por su raro carácter y a veces su macabro humor. Aunque pensar que acabaría así era complicado, ¿o no me atreví a pensarlo? Ya me dijo una vez Lucía, una novia que tuvo cuando estudiábamos en la universidad -Este un día se nos mata- . Yo discutí con ella y acabamos sin hablarnos y ellos lo dejaron. Y eso que me dijo ya lo tenía en mente - Algún día hace una tontería- y así pasó. Veinticinco años nos separan de esa suposición y de este final que me amarga pero no me impide vivir. ¿Fue o es el fin? En dos movimientos de pierna, los Lee apretaron tanto mi paquete que por un momento creí ser Bon Jovi cuando era un chaval. Eso dolía. Pero ¡qué diablos! Habían pasado 25 años y quería mirar el espejo y ver el pasado de un golpe, un guantazo bien dado. Intenté acercarme a la cocina para picar algo pero los vaqueros impedían la marcha. Al final opté por arrastrarme, abrir la nevera y coger una lata de aceitunas. Así, comido y vestido me asomé al balcón. Dolido pero contento. Me sentí un chaval, un diablo de las nenas. La vecina de enfrente cerró las cortinas ferozmente con esa visión que perturbaba su cotilleo matutino. ¡Jódete! Bramé a los cuatro vientos. Era un fiera, el rockero de la calle Bailén, con mis 50 recién cumplidos, barriga prominente y unos huevos ahogados por la tela y el recuerdo. Empecé de nuevo a escribir esas líneas que se colgaban de mi cuello y no me dejaban levantar la cabeza. John Lennon se sentó en mi hombro y me susurró las palabras mágicas. No fueron ni una ni dos veces, fueron muchas más. Millones. El café seguía humeando y las buenas ideas se habían quedado en la calle, esperando un hueco para poder entrar. Ni caso. Abandonadas a su suerte. Borré, borré y eliminé esas vocales y consonantes que se reían en mi cara. Nada tenía sentido. Ni un poco. ¿Debería empezar con un diálogo? ¿Con una frase de esas geniales? ¿Con el final? ¿Con el principio? John Lennon pesaba y ninguna de sus palabras creaban aquel santo milagro que me haría flotar. Literatura ¡Santa literatura! decía mi madre cada vez llegaba a casa lleno de rozaduras en mis rodillas y un balón en las manos. ¡Lee!, y me tiraba un libro de Pío Baroja. ¡Bendita literatura!... y así pasaron 25 años y las buenas ideas se las llevaba el viento. Quizá debería pararme a escuchar a Lennon y tan sólo empezar de nuevo otra vez. http://www.goear.com/listen.php?v=eff1c30 Aparcó la ira y la maldad en el quicio de la puerta. Las sábanas se estiraron sobre la cama y el cuerpo cayó rendido. Los pies rozaron el gotelé de la pared y los ojos se perdieron en el dibujo de la cortina. El suspiro se apagó en ese momento. Dejó de lado las tonterías y los vagos pensamientos que lo habían tenido distraído todo el día. Abrió un libro y sólo leyó el final. La luz se apagó y el cuerpo se vistió de noche de blanco satén. Puro y justo descanso. Toneladas de pasta llenando mi billetera. Ese fue el sueño de Juan, Raquel, Eva, Fernando, Maria, Isabel, Nicolas, Laura, Alex, Celia. Todo fue un sueño. Pura mentira. Un espejismo que se reflejab una y otra vez en sus bolsillos... Del banco al bolsillo y del bolsillo al banco. Un bonito camino ¿no creen? El viaje de nunca acabar. Un círculo perfecto para los economistas, una curva serpenteante para el fulanito de a pie. El dinero, ese jodido dinero que cuando lo conoces no dejas de quererlo y odiarlo. Lo amas cuando lo tienes te asquea cuando te falta. Soñé conque el dinero no existía. No se pagaba, no se dejaba a fiar. Todo era gratis. -¿A cuánto el kilo tomates? -A nada- Respondían mil fruteros tendidos a mis pies. Sin inflacción, sin PIB, sin IVA´s y sin vueltas ni propinas. Los coches los regalaban y los bancos no existían. Tan sólo gente con sonrisas dibujadas en sus caras. Sin envidias ni rencores. Un mundo feliz. La realidad me despertó ayudada del despertador, metí los pies en los zapatos y estos me llevaron al trabajo, a la jornada. Las ocho horas me abrazaron y todo comenzó de nuevo. El dinero estaba en todas partes; respirabas y 7.000 billetes de cinco euros inundaban tu nariz corrompiéndola. Todo fue, es y será una pesadilla. Siempre me fijé en él. Dorado, pesado, atado a una cadena y sujeto firmemente a su sucio pantalón. Brillaba por sí mismo. Como una puta estrella. Tintineaba al bajar las escaleras. Los ojos se posaban en él al salir de su escondrijo. Benditas las manos que te limpiaron y lustraron todos esos domingos al salir de misa, al comprar el pan, al jugar esa partida ganadora de mus. Veinte duros costó. Robado a un republicano de sus manos muertas en el frente. Sucio y con la esfera rota vagaba sin mostrar ni los minutos ni segundos correctos. Tuvo que ser una mano firme, rígida y derecha la que sostuvo aquel ejemplar digno de Dios, del galán más echado para alante de Madrid. Unas fuertes manos nudosas le daban cuerda rítmicamente. Daba el don de la puntualidad, del respeto y del buen gusto. Buena compra fue. Siempre lo tuve en mente, siempre. Ahora está en la vitrina de un anticuario; parado en la hora en la que murió ese condenado cabrón. Aquel tipo impecablemente vestido que presumía de cómo quitó aquel reloj de un disparo a su enemigo... No buscaba una canción para ese momento, el modo aleatorio lo solucionó. Los rasguidos de la guitarra retumbaban en la cabeza de Luis. Una, dos, tres, cuatro veces... el ritmo se confundía con su sonrisa y ésta bailaba con aquel ruido. Era lunes, 8 de la mañana. El olor a café y una revista bocabajo pintaba un cuarto soso y carente de personalidad. La música seguía sonando y Luis remojaba su cara en el lavabo del baño. Piernas al pantalón, pies a las zapatillas y en marcha. Un portazo y la lluevia golpería su incipiente calva; una especie de monte despelujado donde la pelusa había ganado la batalla a aquella coleta del 87. Nunca más la vería. Arrivederchi... Sin duda era un día muy gris y sobre todo normal. El tráfico era el de siempre, los humos, los conocidos. ¿La gente? Diferente pero la misma. Diferente ropa, diferentes muecas pero todos tenían hueso bajo la piel y mucha mierda en el cerebro. ¿No era de alguna manera este tipo diferente? Para nada. El patrón era el mismo. Nacido de la misma costilla, dicen. Polvo eres y en polvo te convertirás. Gran sede se levantaba sobre su cabeza. IBM rezaba el gran rótulo que coronaba el edificio. Ordenadores- pensó Luis- el gran enemigo del hombre. Quizá Asimov tenía razón y la batalla la ganarían las máquinas. ya me estaba imaginando a mi mismo preparando un té a un puto robot. -Tráeme mi té maldito humano- diría el cabronazo y yo le llevaría un buen Pompadur humeante para abrasar su tornillería. Un par de levantamientos de ceja, dos apretones de mano, tres miradas a esos culos marcados que tanto le gustaban y al despacho. La planta ya estab en las últimas, seca y ajada por el pasotismo de Luis. Una vida de mierda pensó... Un par de billetes han empezado a arder en mi bolsillo. El olor me percató. Después vino el calor y luego los saltos por la calle. La gente miraba semejante espectáculo y nadie hacía nada. Paseaban, observaban, reían, hablaban... Lo que me dejó completamente desconcertado fue ver como las monedas de dos euros se fundían cayendo por mi pierna. Eso dolía y los gritos retumbaban entre las esquinas de la calle Preciados. La estampa seguía igual. Nadie paraba, nadie preguntaba. El chisporroteo que provocaba la piel de la cartera quemada me hacía reír. Una risa mezclada con el dolor. Un dolor divertido, vaya. Aún así conseguí caminar hasta una fuente y sumergir mi culo. El dinero se había ido pero yo estaba mucho mejor. La culpa fue de las rebajas. Malditas rebajas. Y ví a un hombre hablando con una cajero de Cajamadrid. Y me fijé que lo besaba, y que sus lengua babeaba la salida de billetes. Atónito me acerqué y le dije -¡oiga señor, oiga!- a lo que el pobre individuo contestó con una voz ininteligible. Una especie de susurro formado por el sonido de los billetes arrugados en sus comisuras y las monedas que tintineaban en su bajo pantalón. Asustado me retiré y eché a correr hacia una cabina cerrada. El tipo seguía absorto abrazando tan despechada máquina y llevándose a la entrepierna una libreta de ahorros. Los gemidos se oían por todas las calles cercanas y yo en la cábina ni lo dudé. - Lo mejor será llamar a la pasma- Fuerza mayor- me dije. Y así fue. Ni tres pelotazos de goma llamaron la atención del sujeto. Él se aferraba a su portabilletera, a su talonario. Con una erección poco discreta intentó abrir la puerta de la sucursal y lo consiguió. Llegó a la ventanilla de cobro de recibos y raudo se dirigió a la caja fuerte. Con un giro testicular logró descifrar los siete dígitos y al rato estaba lamiendo los lingotes, llevándose a la nariz los ahorros de tantos y tantos ingenuos como él. Un balazo en la rodilla paró tan absurdo comportamiento y él se quedó ahí. Petrificado, estancado, anonadado. Un par de billetes de 100 euros asomaban de su nariz... Levanta el pie del acelerador, si tú, ¡tú¡ No corras, que ya está bien. Deja ahí ese pantalón Burberrys y suelta ese Mercedes, déjalo aparcado en la acera. Hoy no te hará falta, que va. No eches esa última gota. Déjala dentro. Ahorra, guarda, piensa, aguarda. Dale una patada al consumismo. Deja las quinielas, lotos y euromillones para otro. No te hará falta. Come bocadillos vestidos de plata. Tira a un lado el cordero y el caviar. Frena, frena que te la endiñas. Y no queremos que te hagas daño "amigo". Reposa la pasta, llena el cerdito que no está el horno para bollos. Desacelera que "no" hay crisis. -Mi excelentísima, tiene usted cita con monseñor Rouco a las 4 de la tarde en El Escorial, ¿le mando traer el chófer?- preguntó Álvarez mientras se mordisqueaba las uñas. Por ser católica no eres ni tan buena ni apostólica. Tienes feligreses que comulgan en una voz tus credos en entierros, responsos, bodas y bautizos. El único cepillo que conocéis es con el que os limpiáis la sotana de pelusas y el que os llena las arcas para supuestas buenas causas. Machistas, racistas, anticuados … ¿creéis que os direferenciáis tanto del llamado fundamentalismo islámico? Penitencia, confesiones… culpa, resentimiento… claramente os habéis aprovechado de una historieta que ni se sostiene. Avanza el tiempo y todo sigue igual … ¿qué no hay inquisición? Bueno… hay cosas peores … ¡vaya! Un papa que fue nazi (increíble), miles de casos de pedofilia, negación de métodos anticonceptivos, negación del sexo por el sexo, negación de la homosexualidad como algo normal y natural. Os atrevéis a crear nuevos pecados y a condenar a aquel que los comete (¡horror!). -¿Excelentísima? ¿Puedo pasar?- preguntó el obispo Álvarez desde el quicio de la puerta. En su mano apretaba un misterioso paquete. Desde que llegó a Madrid cargado con sus cuatro maletas y su violín todo cambió. Tenía cara de español, le decían allá en Constanza. Sus amigos se reían de él porque le comparaban con Julio Iglesias. -Un Julio Iglesias sin un duro- suspiraba mientras se arrastraba por el frío y duro suelo de la Gran Vía. Allí en Rumania poco podía hacer tras licenciarse en óptica. Los sueldos en comparación con los españoles eran desastrosos y para colmo el precio de la vivienda estaba imparable. Sin embargo la culpa de ese cambio no tuvo nada que ver con el dinero. Iba más allá. Tanto se había creído Iván lo de su parentesco con Julio Iglesias y por tanto, con los españoles, que un día cogió sus pertenencias y probó suerte. ¿Dónde? En Madrid. Un amigo de su padre le había ayudado a esquivar los problemas "fronterizos" y confiaba en esa ayuda. Ya llegaba. Levantó la vista y vio el rótulo: Hostal Concha. Llamó al timbre y esperó. Abrieron. Subió. Llamó a la puerta. Concha apareció... (Continuará) Desde luego el peso de la levedad le atraía más que la pesada carga con la que disfrutaban muchas de las gentes que a veces tenía alrededor. ¿Acaso el buey de carga no preferiría lo mismo? ¿Es mejor volar o quedarse anclado al suelo? Elevaba su cabeza al cielo y los veía al fondo: ligeros, emplumados, libres, sin ataduras. La niebla le cogía de la mano y le obligaba a seguir inserto en sus pensamientos; pensamientos que sólo él conocía. Ni su mujer, amantes o hijos sabían lo que habitaba en el interior de su cabeza. De eso disfrutaba, de esa cárcel sin barrotes que guardaba en su interior y que de vez en cuando recorría mientras sonreía al kioskero o hablaba con un cliente. ¿Esa libertad? Era de él, de nadie más. Su único guardián, sin llaves, sin cerraduras, sin curiosos mirando a través de ellas. -Inquietantes pensamientos- se decía así mismo. Una gota le cayó en la coronilla y le resbaló por el cuello. Un escalofrío le recorrió la nuca. Los pelos se le erizaron y comprendió de nuevo que sólo quería vivir, disfrutar cada latido, desgracia y risas que le quedara. Quizás con ideales o no. Eso no le importaba. Igual la vida era más que todo eso. Realmente las ideas hacen al hombre, ¿o será al revés? Cuando hace 3 lustros su difunto padre pretendió explicarle lo que era vivir -que la vida se aprende a base de ostias-, su cerebro se comprimió en un pequeño agujero y ese intento de inculcar fue en vano, se transformó en un cero. Este hombre que se arrastra tranquilo por el verde y amarillo del parque ha aprendido solo. Y lo que es más importante, nunca nadie le dio una lección. Si de algo tenía que aprender era de sí mismo. De sus errores y aciertos. Esa sí era una buena filosofía. Un hombre le saludó y como respuesta levantó las cejas en señal de saludo. Seguía siendo libre en su cabeza, leve, leve... Eran las 6 y 23 de la mañana y los párpados pesaban; tanto, que sentía que le iban a aplastar los ojos. La luz amarillenta del cuarto dominaba las paredes frías y azuladas. El armario entreabierto daba juego a pensamientos relacionados con mostruos y fantasías. El portátil descansaba a un lado emitiendo un murmullo imperceptible. Los pies fríos sobre la colcha helada. Un picor en la mitad de la rodilla; luego subió al codo derecho yde ahí pasó a la espalda. La mano intentó por todos los medio llegar a ese preciso hueco que tanto picaba, más no pudo. La vista cansada. El sueño acechando y los párpados seguían bajando. Se rascaba la cabeza, bostezaba... murmuraba. Todo en vano, nada. ¿Cuándo acostarse? ¿Cuándo? El teclear lo animaba a seguir, a describir y a crear algo en ese espacio blanco que parpadeaba. Ilusiones, mentiras, pensamientos, esperanzas... sin duda alguna este sería el fin de la velada. Dos horas más tarde el reloj repicaría en su tono habitual y el dedo pulsaría el botón de apagado para nada. Se dormiría, llegaría tarde a trabajar. La irresponsabilidad llenaría su vida. Sería probablemente su martirio. ¿Qué le iba a hacer? Si era así, pues era así. Ninguna alarma iba a cambiar nada. Noches de transnoche. Luces encendidas, mentes que no se apaga. Ya es viernes, comienza la jornada. ¿Ves cómo no es tan difícil? ¿Lo ves? ¿Te das cuenta? No pongas tantas flores. No hay que sacar brillo. No hace falta que te reflejes en mis restos. No quiero. Te pierdes cuando me quieres encontrar. Una visita anual es suficiente. Veinte años de diferencia. ¿Cuá era? Estar vivo. A tu lado. Dos pares de piernas al unísono, paseando. Dos cuerpos en una misma cama. Juntándose, respirándose. La enfermedad. La incertidumbre. La espera. El final. La transparencia de la ventana está anulada por el azul del océano allá a lo lejos. Como sonido ambiente la respiración y el ligero siseo de la brisa que cosquillea mis orejas. Los pies desnudos, se apoyan sobre la alfombra. En la mano, una copa; en la copa agua fría y una rodaja de limón. En la otra mano, un libro; Coetzee y sus desgracias. Unas pisadas rompen esta orfandad de salón y un ligero beso se posa en su mejilla. Los pasos rebobinan y devuelven al lector su soledad apacible. Unos rayos de sol han comenzado a entrar y a reflejar su blanca luz en la página 23 del libro, justo donde dice -¿Estás casado?- Una sonrisa se perfila en su cara y alargando la mano cierra la hermosa cortina que reina la habitación. La nueva compañera, la penumbra hace su aparición y fuerza a entornar los ojos, a escudriñar cada línea y saborear cada palabra del libro. Un sorbo refresca los labios y un estornudo destroza la tranquilidad del momento. Hoy es domingo, va por la página 34 y comienza a tener sueño. Pachulí resbalando de las orejas al cuello. Con ochentaydos años, el mito erótico que fue doña Alba Medina Iríbar, se fue al traste; tanto como su cuenta bancaria. Mujer de cabaret, firmes pechos y docenas de amantes que durantes dos meses del año 1933 tuviera su momento de gloria, ligoteos y revolcones con algún general cachondón de la época. Faja en forma de bandera que antaño fue liguero. Antes una cinturita de avista capaz de poner de acuerdo a nacionales y republicanos, ¿ahora? Un bloque de hormigón armado, un mundo exento de geometría; el anticanon de la belleza griega. Como extensión a su mano arrugada y verdosa, una correa, y como extensión de la correa, un perro ruidoso debido a los cascabeles que lleva colgando del cuello. El collar que lo ahoga, una banderita de España, eso, sí, con el aguilucho. Ella se acerca a los noventa; la Gran Vía acaba de llegar a los cien años. "Espera que te alcanzaré", refunfuña la vieja mientras observa como su perro micciona educadamente contra una pared. Los pasos son lentos: viene a tardar casi dos horas desde la calle Aduana a Callao. Es exagerado. Al can no hay quien le pare. El que arrastra es él y no la vieja. Tiempos de gloria. De pasodoble, de la palmada en el culo, de los amantes, de las joyas y perfumes caros. De las envidias de las pueblerinas que se amontonaban en la Plaza de la Cebada. Eran tiempos dorados. Casi sagrados. Antes que con un buen par de cántaros y un buen culo te podías llevar a la cama a cualquier general. "Si Franco no hubiera sido tan nenaza, me lo hubiera revolcado", suspiraba la vieja... Al final con tanto paseo y tanto pensamiento positivo, la vejez la ganó y nunca llegó a alcanzar la edad de la vieja vía madrileña. El perro siguió tintineando por las calles ajeno a la muerte, ajeno a la gloria y ajeno al pasado. Ansias e instintos fundiéndose en un mismo deseo. Incisivos creciendo, impacientes por clavarse en la plenitud de tu piel. Allí donde la sábana se metamorfeó del salvajismo vegetal al raso suave de tus piernas de seda. Donde la caza se transforma en latidos rítmicos culminando en muerte placentera. Leones y tigresas emparejados bajo un mismo techo. Lenguetazos por norte y sur de tu geografía. Saliva viajando por cada esquina de tus misterios. La selva llenó el papel pintado de su cuarto y la noche tiñó la pantalla de la lámpara y el relax llegó al alba. Un abrigo frío de metal. Un resplandor el presente, una explosión el futuro. Escalando por el negro túnel para terminar en la dura boca. La adrenalina en su mano, las falanges rápidas, nerviosas, a punto de reventar. Un mal gesto, un insulto, esa mirada furiosa. Matar, matar... Allí... donde la cabeza era uniforme, el presente hizo mierda las leyes de la geometría. Nube roja, apretar de dientes. Lo último que vieron los ojos, el último viaje. Sólo de ida. En una cama roja plegado sobre sí mismo. Hundiéndose poco a poco... dejando el mundo... El concluir fue un golpe seco y más salpicaduras a los lados. Pequeño proyectil de metal... Aquel 17 se transformó en 27. Día supuestamente normal, igual, neutral... Paseo al trabajo, croisant en la mano... el misterio estaba por empezar. EL sol cambió de sitio, yo no. Seguía allí sentado, pensando... Reloj biológico que no para, que cambia. Unas manillas en la muñeca de ella: avanzando, esperando. Paseo al encuentro. Palabras vacías, indirectas. 27 años, 27 personas, todas se reducen a una, a tí. El final que no fue final, que se convirtió en principio. 9720 días y el azul es más azul, la sonrisa es más sonrisa... todo es mejor. Esta nota fue encontrada en un foro de la web de la localidad Villarealejos del Mango, pueblo sito en la provincia de Cuenca. Grandes historiadores como César Vidal afirman con total seguridad su veracidad. Denle a vuesa majestad un trono de oro y marfil. Cómprenle un nuevo cetro cubierto de rubíes y agreguen a su colección de barquitos, otro pero de mayor envergadura. Por la Santísima Virgen y por nuestro Dios Cristo, no arrebaten su ganado puesto a nuestra más altísima institución. Es un honor para mí gritar la palabra Rey desde la colina más alta del Parque del Manzanares. Es un regalo para mi existencia alabar su gestión y su importantísimo papel en ese gran proyecto de los españoles que fue la Constitución. ¡Pongo la mano en la llama por mi majestad! Si por mí fuera añadiría tres millones de euros a su pobre bolsillo. Rey de reyes, monarca entre monarcas. Siempre fiel a tí. Siempre bajo tu batuta, bajo tu mando... arrodillado ante tu gran cabeza real. La más extensa bandera amarilla y gualda ondeará en mis pensamientos cada vez que me acuerde de tí, oh mi rey. Capitán de mi yate, emperador de mis andares, luz que guía mi pobre vida... ¡Viva el rey! Fdo: el rey Aclaración a la nota: Poco después se demostró que todo era una farsa hecha por el alcalde de dicho pueblo, muy conocido por ir con corona a comprar el pan y a arar sus campos con un cetro de plástico. Los vecinos del pueblo cercano han testificado que es un impresentable. El no deja de repetir ¡viva el rey!. EL PAÍS: Humm...ya podría reventar el mundo hoy. Mañana no es un buen día. EL MUNDO: ¿Y eso? EL PAÍS: ¿No has visto el anuncio? Igual te sienta como una patada ahí mismo, pero el día 26 es clave. EL MUNDO: ¿Por? No he investigado nada de nada. EL PAÍS: Parece mentira. Mañana sale PÚBLICO. EL MUNDO: ¿ PÚBLICO? ¿Qué es eso? ¿Un nuevo supermercado? EL PAÍS : Creo que estás perdiendo facultades en materias de investigación. PÚBLICO es un nuevo periódico que nos va a comer vivos con el tiempo. Verás. Es de Nacho Escolar, y éste, es muy listo. Además tiene buena gente. Está Reig. tengo miedo. EL MUNDO: ¿Miedo? ¿A qué? El pastel nos lo repartimos tú y yo. No tengas miedo. ¿Miedo? Tonterías. A mí el Escolar éste no me produce ningún tipo de temblor. EL PAÍS: Yo me andaría con ojo, amigo. Tú espérate a mañana. Encima cuesta 50 céntimos, es a color y eso a los jóvenes les gusta. EL MUNDO: ¡A los jóvenes les gusta mi periódico! ¡Bobadas! Es el único medio veraz y objetivo de los que hay por aquí. EL PAÍS: Yo que tú ponía una velita a San Antonio. EL MUNDO: ¡Guárdate para tí las velas! EL PAÍS: Bueno... yo aviso Luego no me vengas llorando. ABC: ¿Pero qué cojones pasa aquí? ¿Quién tiene miedo de esos rojos de PÚBLICO? EL PAÍS Y EL MUNDO: Nosotros (gritando) ABC: Bueno, bueno. Comportaos como verdaderos españoles y echadle huevos. Además luego vendrá un diario más cañero. Más nacional. Veréis. EL PAÍS Y EL MUNDO: Arghhhhhhh Dos direcciones, dos puntos, dos finales. Dos auriculares, dos oídos, un sentido. Fila de individuos, leyendo, hablando, pensando. Desde el final al principio, todos huyen... ... permancecen, siguen, escapan, viven. Un periódico, tres libros, uñas de manicura. Dos miradas en la misma equis. Una caricia gris en su mano. Tres marcas de anillos, bisutería barata. Asientos de felicidad/Butacas de infelicidad. Empezó en una estación; terminó en un andén, siguió hasta la salida. Un fin que no era el fin. Ojos mecánicos siguiendo tus pasos; controles policiales de tu existencia, de tu trayectoria. Pleno rostro blanco de luz, aire de las ocho en tus labios, salir hacia afuera, donde no fue, donde ya no es. - ¿VEN LOS ETARRAS "CAMERA CAFÉ"? - ¿VE EL rey MUCHACHADA NUI? - CUANDO UN NACIONALISTA VIVE EN EL EXTRANJERO ¿ECHA DE MENOS SU PAÍS O SU "NACIÓN? - ¿EMANCIPARSE ES VIVIR FUERA DE TU CASA? - ¿LE IMPORTA AL rey LO DE LAS QUEMAS DE SU IMAGEN? - ¿ES UN POLICÍA DE PAISANO TU PAISANO? - ¿DICE LA GENTE LA VERDAD CUÁNDO LE PREGUNTAN SOBRE LA PENA DE MUERTE? - UN JUEZ EN LA CALLE ¿IMPONE? - ¿ESTÁ TAN BIEN VALORADO GALLARDÓN? - ROSA DÍEZ ¿SHOW O VERDAD? - ¿SALE A CORRER UN ETARRA? - ¿CUIDA SU PEINADO UN ETARRA O SE LA SUDA? - ¿FUNCIONAN LOS FUNCIONARIOS? - ¿VEN LOS CURAS POLONIATV? - ¿LES GUSTA A LOS CURAS SUS SOTANAS? - SI LA IGLESIA CATOLICA ELIMINARA EL CELIBATO ¿SE PONDRÍAN TODOS LOS CURAS A ECHAR CALIQUEÑOS? - ¿A LA GENTE LE GUSTA EL VINO O FINGEN QUE LES ENCANTA PORQUE ES COOL? - ¿TIENE EL POCERO UNA CASITA EN EL CAMPO? - ¿SE HA MIRADO AL ESPEJO EL SOLITARIO? - ¿ESTÁN ACOJONADAS LAS INMOBILIARIAS? - ¿SE ELIGEN LA ROPA LOS FUTBOLISTAS O SON ASÍ DE COJONUDOS? - ¿SE CREE LUIS DEL OLMO UN GURÚ? - ¿AÑORA RAJOY SER REGISTRADOR DE LA PROPIEDAD? - AZNAR ¿ES LISTO O SE LO HACE? - ¿VA EN METRO ESPERANZA AGUIRRE? - ¿DUERMEN BIEN LOS MINISTROS? - ¿A QUÉ MÉDICO ELIGE UN MÉDICO? - ¿VEN LO DE ALIANZA NACIONAL A BUENAFUENTE? - ¿EL NUEVO PEINADO DE EVA HACHE ES ASÍ POR LA POLÍTICA O SE HA VUELTO CHAVETA? - ¿SON UNOS MAFIOSOS LOS PRESIDENTES DE CLUBS DE FÚTBOL? - ¿FUE LA TRANSICIÓN UNA TRANSICIÓN? - ¿FUE EL rey INDISPENSABLE PARA LA TRANSICIÓN? - ¿VA AL LIDL EL REY? - ¿SERÁ MILEURISTA LEONOR? - ¿ECHARÁ DE MENOS LETIZIA SU VIDA COMO PERIODISTA? - ¿ENVIDIA LETIZIA A PATRICIA CONDE? ... ... El cortometraje "La vida de Laura" sale a la venta en el festival de cine CURTOCIRCUITO 07 , evento que se celebrará en la ciudad de Santiago de Compostela durante el próximo mes de octubre. Más información aquí: Camina, compra, lee, anda, estudia, ama. Saluda, sonríe, nada, lucha, goza, enfada. Nada, salta, baila, llora, besa, acaricia. Peina, lava, escupe, conoce, siente, escucha. Camino de caminos, en los que mis pasos reinan. Lugar de reuniones de quinientos desconocidos; deseando conversar, deseando meterse en tu cabeza... vivir. Triunfa, intenta, grita, grita, grita... el tiempo no es tu amigo, ni el mío. Salúdale, tócale, entiéndele, mírale. En un rincón de mi mundo; mis piernas cuelgan, se asoman a tu mundo. Cientos de piernas que caen por el muro: pegadas, juntas, parejas. Deseando juntarse, estrecharse, casi formando una. Camina, revienta, prueba, saborea. Vive, muere, pedalea, vuela... Sueña que me sueñas. Piensa que me piensas... Gozo gozar de este camino, que sigue, que prosigue. No se para, no se detiene, te tiene; me tiene, los tiene, nos tienen. Experiencias pasadas/futuras, nuevos ríos, nuevas caras. Pelea, lucha, piensa, no pienses. Ajusta, atina, duerme, chilla. Suelta, agita, revienta, estropea. Incongruencias del tiempo, que supe yo, conocería... tantos tiempos, personas, vidas, miradas vacías, perdidas. Un lugar que era oscuro se ha iluminado. Miles de teas me miran, me acechan, me atrapan... de cero a veintiséis años en un instante; todo llega, termina... Empieza, comienza... el principio, el comienzo. Termina, acaba... el fin, el final. Mitad de la mitad de mi existencia... no pares, existe, empieza. Una pared que termina por iluminarse casi cuando crees que es el final. Equivócate, tacha, corrige, inicia... El amanecer se mezcló con el anochecer, la puerta estaba entreabierta, no se abría. Luz de flexo salpicando mis manos, escribiendo, pensando... imaginando... Decenas de suspiros conforman mi lenguaje de la una de la mañana, suena la música: planetas que cantan historias tristes, ideales, constantes. Llamo al sueño pero se queda arrinconado, esperando. Confuso. Le digo que se tire a la cama, que me espere, que ahora iré. No me cree. Soplo las sábanas y reparto aire en este ambiente que me carga, que me encierra. Una cárcel sin barrotes, sin guardias y sin patios. Una prisión como espejismo de mis pensamientos. Una noche más de rebuscar en la cabeza ese algo que no encuentro. Se me echa encima, me muerde, me araña, me tira de los pelos. Me quedo quieto, en blanco, vacío. Sin nada. Espero que la noche me espere. Las falanges se cansan a horas tardías. Mejor dormir. Dejar entrar la oscuridad. Soñar que sueño lo que quiero soñar. Poder ver(te) aunque sólo sea así. Sentir(te). Los minutos se están riendo descaradamente de mí. Me miran desde la esquina de la pantalla y estallan a carcajadas. Menos mal que me acompañan la luz blanquecina de una lámpara y el ritmo constante que disparan los altavoces. Dicen que el cerebro está lleno de materia gris, mentira. El mío está en blanco, vacío, diáfano; y no por falta de inteligencia o exceso de estupidez. Una niebla se ha apoderado de los dos hemisferios y se ha tumbado junto al cerebelo a reírse de mí. Un buen brochazo de pintura negra igual consigue que la bruma despararezca y comience una nueva tormenta. Que tres rayos me saquen de este embotellamiento y de este tedio. Que deje el tiempo (quieto, parado) de molestarme, que siga su camino, que avance, que no se apoye en mí. Que no me tienda en el suelo y prosiga su camino. No me hace falta esta ceguera blanca. Necesito ver y enseñar los dientes en una bonita sonrisa. Quiero poner cara de foto y lanzarme a correr. -Blanco, blanco, blanco- ¿Cómo sería gris?- No debo esforzarme en ver la vida con más colores. Estos dos tonos me bastan. La tercera cifra del reloj digital está cambiando en este preciso momento. La música acaricia las paredes de mi cuarto y oídos; la toalla absorbe la humedad de mi cuerpo y la puerta del armario me dice los buenos días. Elección de muda, camiseta y pantalón, las zapatillas de siempre, cuanto más gastadas, más auténticas. Portazo y giro de llave, tres pasos y un botón, lo aprieto, bajo y ando, ando y ando. No voy solo, me acompañan algunos buenos artistas, sigo caminando y casi llego: ocho horas de quietud/atención y luego a la calle. Encuentros en este viernes que adoro. La tercera cifra ya debe estar bastante cambiada. Este uniforme aprieta cada día más. ¿Soy el peso de la ley? No lo creo. Catorce años poniendo multas sin pestañear, dos tiros en las rodillas y los huevos subiéndome a la garganta gracias al miedo. La ropa pesa demasiado, la pistola marca en la báscula dos toneladas, las esposas me las debería poner yo y no salir a la calle... no repartir justicia, que para eso está el juez, bendito juez. Limítate a decirles a los turistas donde pueden encontrar la Gran Vía. Déjate de perseguir chusma y hacerte el héroe. Ser policía no es una vocación, no es un sueño. No soy Supermán ni quiero serlo. Sólo es trabajo, sólo dinero, es una hipoteca, son dos hijos, son sus estudios, son mis vicios, mis putas. Una cicatriz por encima de una antigua hernia me recuerda todos los días frente al espejo que también soy humano, que no tengo autoridad ninguna; que a mí me dejan desnudo enfrente de un asesino y me cago tanto o más que tú. ¿Seguridad? La misma que cualquier arma puede dar: ninguna. ¿Honor? Has visto muchas películas tú. ¿Sueños? Cero. Dame un buen sueldo al mes y dejo esto, en serio. Tiro la chulería, la supuesta superioridad y me dedico a repartir paquetes. Dámelo y lo cogeré. No te preocupes. A veces deseo que mientras paseo por la calle, un par de balas aflojen esta chaqueta que tanto me sumerge en el lodo que piso. Estoy a esto de desafiar a la muerte con una mueca de altanería (aunque sea teatralmente preparada). Intento dormir y oigo sirenas recorriendo mi cabeza a eso de las tres de la mañana. ¿Es eso normal? Son ya tres años con la misma canción. Toco mi herida y me echo a llorar como un marica. Mañana es lunes, me toca patrullar por Aluche. ¿Lo bueno? Mi compañera tiene un buen culo. Me gusta eso. Me anima un rato. Luego, quién sabe. Eso de trabajar el coño tanto, hace que el placer ya ni exista. Al principio si podía disfrutar con la variedad de género y encima ganar dinero. Todo empezó por hobby (me gustaba follar, ahora no) y al final acabó en trabajo; como el que hace un contable pero con el coño. En vez de teclear facturas me tiro tipos guapos, feos, apestosos, dotados, no dotados, buenos, malos, asesinos, santos, curas, políticos, da lo mismo, si tienen polla y necesidad, mis piernas se abrirán como un resorte. Gracias a sus colgajos, a su necesidad y al dinero, claro. Si no, me hubiera hecho contable, pero claro, ahora tendría mucho menos dinero. Además hubiera acabado hasta el mismísimo coño de cheques y de presupuestos, de recibos y de facturas. Lo que pasa es que como en todos los trabajos al final te cansas y creo que tengo estrés. Aunque claro, no sé si las putas tenemos un estrés como el de los demás o igual este es de otra tipología, no lo sé. El caso es que ahora follo sin ganas y el dinero no me hace feliz. ¿Me habré equivocado? Creo que seguiré trabajándome a los clientes. Hoy tengo a tres y vienen a casa: un abogado (o eso dice él), un albañil y un homosexual que quiere ser hetero (y que mal folla , joder). Si fuera una contable tendría que trabajar en un sitio y a mí me gusta llevarme el curro a casa. ¡Qué cojones oficina ni fichar en una maquinita! Igual se me quita el estrés pensando así o igual me vuelvo loca. Llaman al timbre, debe ser el abogado, menudo gilipollas. Esto me está doliendo... A lo lejos se distinguía una figura más bien ajada, como si se hubiera trazado de un solo plumazo sin detenerse en perfeccionar los bordes. Pongamos a esa vaga sombra un género: el masculino y maticemos: es un hombre, de unos treintaiseis años. Su andar nos indica que no se encuentra bien, no anda como un cojo o como alguien que echa de menos su pierna. Más bien se arrastra, o flota como un arcángel que intenta aprender a serlo. Creo que no es más que un puto drogata de los que abundan en el barrio. Me pregunto qué coño hará aquí si esto es una zona residencial o al menos eso ponía en el catálogo. -Buenas comunicaciones. Cerca del metro y la estación de autobuses. Zona residencial,, próxima construcción en el dosmilnueve- ¡Y una mierda! Esto es un campo de yonkis, de drogados ricos o pobres que se ponen de cristal hasta las cejas, que se fuman su vida y no les importa una mierda quién seas o qué hagas tú con la tuya. Sin embargo en eso estamos de acuerdo. A mí también me da igual la suya. Míralo, se acaba de caer al suelo como un saco. Que se joda, ojalá le pise un camión el cuello. No pasaría nada. Sería como el humus que puebla mi jardín. Cuando llegue a casa me voy a fumar un porro y te voy a follar sólo como a tí te gusta, fuerte y duro (en mi mente). Imagina una puerta verde, ahora una mano agarrando el picaporte y una bisagra sonando. Aparece un nuevo escenario ante tí. Parece un hogar bonito, cuidado, con una decoración casi de revista. Sale humo de un sillón. Hay alguien ahí sentado. Maticemos: es una chica, de unos treinta años, media melena negra, ojos pintados de rojo pasión y un porro besando sus labios. No imagines ahora y concéntrate en lo que ves. Te atrae hasta sus labios y empieza a tocarte la polla sin dejar de fumar. Ante tí aparece otra puerta, es de madera clara, con una pegatina donde aparece un corazón roto. Más adelante hay una cama, luego oyes gemidos... Son dos chicos jóvenes que caminan de la mano en no se sabe qué dirección. Puede ser el cine, puede ser el parque o puede ser el supermercado. Da igual. Lo importante de la escena es que parecen ser felices. Sólo eso. Viendo a alguien de espaldas no dice mucho, lo mejor será que describa el frente. Efectivamente son una pareja, no parecen amigos y además me arriesgo a negar que lo sean. Ahí hay amor o al menos un intento de ello. Él se llama Juan y ella Ana. Juan le saca seis años pero parece más joven que ella. Los dos van fumando. No dejan de cogerse la mano en ningún momento. Esto sería una postal representando el amor (o no). Podría estar en un quiosco de París a modo de souvenir para que tú o ellos lo compren. Ya me imagino la foto en mi cabeza. L´amour. Sólo eso, nada más. Así de simple. Hoy es lunes y he comenzado el día siguiendo a éstos, pero bien podrían ser otros. Lo que me ha atraído de ellos es el peinado de él. Puede que parezca un gilipollas completo por fijarme en absurdidades como esas, pero me encanta su pelo. Quisiera arrancárselo y ponermelo encima. Sentir la suavidad y el olor de su champú. Parece recién lavado. En cambio el de ella está graso y seguro que huele a sudor. Los voy a seguir sin que me vean y voy a intentar olerlo. No es la primera vez ni la última que hago esto. Sonata de sonajero desafinado, hay en mi interior orquestas de pueblo mezcladas con ron. Golpes a desdén y con mala ostia en esa cosa llamada alma, grito por dentro pero sólo me oigo yo, nadie más escucha - el ruido sigue insistiendo- Pepito grillo enumera consejo tras consejo, yo me hago el sordo - prefiero escucharme a mí mismo. Ni moralejas ni finales con perdices, el oro es oro, la mierda mierda, la muerte el fin, nada más. Donde las agujas del reloj escriben la letra uve, me voy, me despido, me alejo y sueño - el griterío sigue- Esperaste al autobús, al taxi, a la muerte, al amor. Te esperó el autobús, el taxi, la muerte, el amor. Unías tus manos junto a las manillas del reloj y dabas vueltas -muchas vueltas- demasiadas. Te descolgaste junto a las hojas otoñales del calendario, -una a una- demasiadas. Espera a la novia, al novio, al análisis, al ocio. la paciencia se agita, el corazón se agita; la garganta siente el poder del nudo. Esperaste mil días a que todo se acabara pero seguiste recto, paciente, sin curvas. El final llegó con forma de frontal de coche color pasión. El color blanco de las sábanas te envolvió, te empaquetó. Rastros de sangre esperan a ser limpiadas... paciencia, paciencia... Aquellos ojos vacíos no pedían otra cosa que seguir mirando la hermosura de unos labios que antaño, fueron mitad crema, mitad fresas. Si por un casual hubieran tenido la más mínima oportunidad de fijarlos en su bello rostro, todo aquello no habría sucedido... sería un día normal en la evolución de esos dos amores que tuvieron la mala sombra de cruzarse con tres filos ansiosos por rasgar la noche. Las dos manos se fundían un un solo brazo, y al compás de la oscuridad tardía que reina la medianoche, paseaban su amor pausadamente, sin prisas, disfrutando de ese dulce aroma que hace que los enamorados olviden su razón de ser. Susurros cálidos galopaban de una oreja a la otra, de lado a lado, poniendo la piel de gallina de los dos amantes y embriagándoles de arriba a abajo. Ni cien mil abejas habrían producido semejante empalagamiento; sería imposible de superar. El camino de corazones se abría paso por las calles y unos segundos más adelante, seis pares de pies se movían inquietamente esperando a sus futuras víctimas. Babeando, transformándose en horribles criaturas demoníacas incapaces de distinguir entre el bien y el mal. El primer ataque rompió la sonrisa de ella y el segundo congeló el impetuoso coqueteo de él. Carteras vacías, navajas llenas (de sangre)... unos pasos que se alejan rápidamente, charco de pasión creciendo y extendiéndose. En su interior la mancha de petróleo no deja de crecer, la coraza recibe un brutal golpe y derrama la mentira: áspera/insegura/dolorosa, sobre aquellos dulces oídos confiados. Tonos azabache que se mezclan con el ajado sabor de la traición. La media sonrisa no es buena compañera de la mentira, del pecado; -compréndelo, la vida sigue amor, ¿amigos?- Al otro lado del hastío, mares asoman por las cuencas antaño llenas de ilusión. Navega un barco a punto de naufragar, de enamorarse de las oscuras profundidades que otras tardes fueron transparentes. Treinta meses después lo que dolió se olvidó, se perdió... acabó. Carpintería en mi azotea, ganas de ser Thor y clavar ese cuadro en la frente; si te pillaras el dedo lo dejarías, desistirías ¿verdad? si te lo arrancara y te lo escupiera a la cara ¿te dedicarías a señalar? ¿hurgar?... Globos de chicle de bayer explotando en mis oídos de felpa, nada que hacer, nada donde dejar mi sombrero. Me gana, me vence... cambio mis pies por mi cabeza y ando, corro, salto y caigo... De lino, lana o tela, da igual, es lo mismo. Cenital es la vista: los bosques, los coches, la muerte. Vuela fugaz camuflándose en nubes/pájaros/vuelos comerciales. No la consideraron arma de destrucción masiva, sólo magia, pura y dulce magia. Algunos momentos piden que la vida te convierta en vapor, los disparos en besos, los besos disparen a los disparos. Tela de azul infinito abrazando mi estela, por todas direcciones los momentos vuelan. La música francesa se descuelga por mis oídos, la razón se transforma en sinrazón y lo demás sigue. Ritmo interior que amartilla la mente en un tiempo de dos a dos, impaciencia porque las manillas lleguen a la meta, del ocio, del sol y del buen comer. Aznavour me coge de la mano y me sonríe mientras pasa este momento. A veces me empeño en pensar y repensar y darle vueltas a todo una y otra vez. La mente se transforma en una noria averiada que no puede parar de girar y girar. Ningún puño toco esta piel y ninguna patada acabó pateando este cuerpo. Los únicos golpes que recibo son los propios. Los de mi mente y pensamientos que no saben qué hacer y se revelan contra mí. Son ostias que duelen más que las físicas. Son guantazos de recuerdos, de presente y futuro. Estoy en un ring y se vienen encima un par de contrincantes muy duros... Y mira que a mí no me gusta la violencia (sólo la psicológica, eso sí), es más la odio. Sólo me gusta en las películas; pero si tengo que defenderme entonces tendré que dejar que algún estampido abra mi ceja y no salir corriendo. Tendré que tomar aire y lanzar mi pie contra esos enemigos tan peligrosos que uno tiene dentro de sí. Me veré obligado a escuchar mentalmente un ligero vals y convertirme por un momento en el intrépido Hulk Hogan y repartir a diestro y siniestro, aunque sólo sea con la mente puesto que en la realidad soy un gallina. Algún día me quitaré este traje de cuero negro ceñido y tiraré lejos muy lejos este látigo que marca mi piel una y otra vez. Algún día andaré recto y miraré a los problemas de frente, no de lado. Después de unas intensas jornadas en este mi país, me siento como un espectador en la fila de la fila de atrás. ¿Tan difícil es lo que a mí me parece fácil? Seguiré mirando desde la lejanía de la desinformación. La última vez que contemplé tu risa fue hace catorce años. Tu cabeza estaba recostada sobre la cama y nuestras miradas se fundían en un mismo punto. Yo veía como tu pecho subía arriba y abajo acompañado de grandes carcajadas... era divertido... Mientras mordisqueaba un croissant al pasear por el parque esta mañana, has regresado a mi cabeza como si hubiera pasado sólo unos instantes desde aquel sonoro amor del que tanto me enamoré. Catorce años son muchos pero el recuerdo me acaba de asaltar y robar unas lágrimas. Esa última sonrisa vuelve ahora y provoca ecos de melancolía en mi pensamiento. Catorce años... nada... - Toc toc... - ¿Quién es? - Soy el Lunes. El primero. El últimos si te da por ahí. - ¿A qué has venido? - A amargarte. - ¿Acaso no tengo bastante con saber que has venido? ¿No es ya demasiado? - He venido y no tiene solución. Espera a que pase. Sólo tienes que esperar a mañana. Será pronto. - ¡Eres ridículo! - Ridículo, si, pero aquí estoy jodiéndote la marrana. - ¿Puedes cerrar la puerta por fuera, por favor? - Mira, jovencito, lo único que puedes hacer es seguir dándole a la tecla que yo seguiré ahí, mirándote y llenando de tedio todo el espacio que te rodea. Pasan las horas y el Lunes sigue ahí... Voy al baño y Lunes sigue ahí... Intento abofetearle pero mi mano lo atraviesa como si fuera un fantasma... Son las cinco de la tarde y aún resuenan en mi cabeza sus carcajadas... Mis pies desnudos sienten el frescor de las sábanas recién puestas en la cama. Las articulaciones se estiran y un escalofrío recorre mi columna vertebral desde su principio hasta su fin. La explosión de gases en mi nariz al acercar el vaso repleto de cocacola me hacen reír y acordarme de las risas que los amigos me provocan. Quizá aquel día en la playa donde mis dedos se hundían lentamente en la arena húmeda del mar sentí un placer parecido al que siento cuando tus labios se juntan con los míos en una tarde bañada de sol; quizá tu boca se confunda con el gusto de compartir un helado en San Remo rodeado de luces y sombras; quizá el placer de vivir, de mirar, de saborear, de oler, de correr, de andar no sea otra cosa que levantarse todas las mañanas y respirar una y otra vez. Un millón de litros de sangre resbalan por inercia hacia el fondo de un abismo. Las escopetas se levantan y apuntan: muecas de dolor en los rostros. Se alivian los esfínteres. Se sujeta a la amada. Se da el último beso. El último deseo- la última mirada. Gente que es gente disfrazada con una capucha negra sujeta el hacha, la soga, el fusil, la palanca... igual que hay creación, hay extinción. Nada es natural, todo artificial. Un día lleno de buenos deseos donde éstos se machacan y revientan contra una pared llena de odio. Un millón de forenses desenfundan su espada, practican la incisión, extraen y pesan la vida, cierran las almas...
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